Pequeña antología poética de Antonio Pardal Rivas.

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Ojos de caramelo.


Hace ya cincuenta años
o algunos más, no recuerdo.
Sevilla estaba embrujada
por ojos de caramelo

verdes como los trigales
y azulados como el cielo.
Yo ya sabía la hora
en que a los dos podía verlos.

Esquina a Puerta Carmona
y San Esteban adentro,
pasaban por San Leandro,
San Ildefonso y al centro.

Y por aquellas plazuelas,
con mis libros de derecho,
encontraba a las hermanas,
que volvían del colegio.

Yo miraba despacito
la de los ojos más tiernos
con dulzura de vergeles
verdosos y un poco negros.

La pequeña, muy guasona,
se sonreía hacia dentro.
¿Que pensaría la niña
al presenciar los encuentros?

La mayor, lo más bonito
existente en tierra y cielo,
me miraba fijamente
y sonreía muy lento.

Iban ambas de uniforme
de las clarises, sospecho;
tenían un señorío
que sobrecogía al verlo.

Cuando pasaron los días
nos reíamos al vernos
y poco a poco charlamos
un poquito de querernos.

¡Ay, plaza de San Leandro,
ahora que me encuentro viejo
cuanto daría por verte,
ojitos de caramelo!

Perdóname, linda niña,
y que me perdone el cielo
por dejarte sola y triste
lastimando tus anhelos.

¡Que torpeza más inmensa!
¡Como lo siento y lamento!
¡Que cuando vi tu palacio
te vi viviendo en el cielo!

¡Y me vi tan poca cosa
que, ahora que palacio tengo,
lloro y maldigo mi sino,
niña de los ojos bellos!

© Antonio Pardal Rivas.

15-8-2011.

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Esperanza de Triana


 

Y de pronto se ha callao
el sonar de las trompetas
y allá a lo lejos se escucha
el cante de una saeta.

Ya los fieles se apretujan
en las aceras del puente
que parece que se cae
del peso de tanta gente.

Y es que tó el mundo desea
volverla a tener en casa,
mientras le gritan llorando
¡Esperansa!, ¡guapa!, ¡guapa!

Ya se va oyendo a lo lejos
el redoble de tambores,
y por toas partes se huele
a incienso, romero y flores.

Y entre el bullicio y el llanto,
desde un balcón con masetas,
se oye en tó el río, con fervor,
el cante de la saeta.

Unos gimen, otros rien,
otros empujan pa vé
lo más bonito der sielo
que al mundo vino a nasé

Y la Virgen, despasito,
mu cansaíta y gitana,
va volviendo a poco a poco
a su querida Triana.

¡Que triste viene la pobre,
que molía y que cansá,
de tanto llorar siguiendo
al Hijo a la Catedrá!

To er mundo llora con ella,
toa Triana es un clamor
de ver a su Virgen bella
llena de tanto dolor.

Y en silencio ya se escucha
la orden der capatá,
“llevarla con cudiaíto…
no se vaya a lastimá”.

¡Mi Esperanza marinera!,
¡Madre bendita de Dios!
¡Tienes carita de pena!
¡Y vas repartiendo amor…!

© Antonio Pardal Rivas.

Recitado por Carlos Pérez Avidad.

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