Pequeña antología poética de Antonio Pardal Rivas.

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Sonrisa. Soneto asonante.


Tierna sonrisa que alumbra tu cara
cuando mirando tus ojos te hablo
y rememoro los días de antaño
en que te amé por tu dulce mirada.

Tierna sonrisa que sola me habla
de aquel estío que nunca olvidamos,
cuando los cuerpos de ambos se amaron
sobre el blancor de la arena en la playa.

Esa sonrisa callada y gachona
que, silenciosa, es un canto al amor,
es ventanal en que tu alma se asoma

y me revela tu fiel corazón.
Esa sonrisa que al verla me arroba
lleva marcadas las manos de Dios.

© Antonio Pardal Rivas

30-noviembre-2006

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Tu mirada.


Si en Gaia ningún hombre ya cantase
y en el mar toda vida se extinguiera.
Si en el cielo el gran Sol ya no luciera
y a los seres jamás nos calentase.

Si el trinar de los pájaros cesase
y el color de las flores se perdiera.
Si el desierto secase la pradera
y el halo de la luna se apagase.

Cuando ya no existiese la alborada,
y nunca resurgiesen las auroras,
pues la luz de los astros pereciera.

Cautivo en el fulgor de tu mirada,
te amaría, mujer, a todas horas,
e igual que ahora te quiero te quisiera…

© Antonio Pardal Rivas

Abril 2005.

TU MIRADA


 


¿Por qué al mirar tus ojos me deslumbra
el suave titilar de tu pupila?
¿Será que tienes alma de sibila
y sabes que navego en la penumbra?

Tus ojos son la luz que alegre alumbra
la triste oscuridad que me obnubila,
cansada de buscar, mustia, intranquila,
la luz de amor que en ti solo vislumbra.

Y cuando me asaetas con el rayo
de tu mirada plena de alegría,
mi corazón se para, lloro y callo

hundido en la tristeza y agonía,
pues siento que me invade el cruel desmayo
de ver que amas a otro y no eres mía.

© Antonio Pardal Rivas

2-05-08


AMOR ETERNO


 

Me moriré en un rincón
del ajimez de mi casa,
recordando con tristeza
el almíbar de tu cara,
con aromas almizcleños
cual jarifa acicalada,
más bella que una azucena
rodeada de albahacas.

Me moriré lentamente
añorando tus miradas,
las que en tiempos ya pasados
me esclavizaron el alma,
cuando lanzaban destellos
de tu carita alhajada
por los más bellos caireles
de corales y alboradas.

Me moriré con la pena
de recordar la almohada
donde de noche, a mi lado,
tu cabello se enredaba
negro como el azabache,
mientras tranquila soñabas,
descansando entre mis brazos,
con estrellas nacaradas.

Y cuando ya me haya ido
allí donde van las almas,
te aguardaré hasta que llegues
en la mismita antesala,
pues para mí no habrá cielo,
jardín, edén ni nirvana,
mientras tú no estés conmigo
eternamente abrazada.

© Antonio Pardal Rivas

21-01-08

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