Pequeña antología poética de Antonio Pardal Rivas.

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Otoño.


El viento, furioso, sobre el campo silba.
Las hojas caducas desnudan al árbol.
Las olas del mar, inmensas y altivas,
horadan, con saña, los acantilados.

Las blancas gaviotas vuelven a tornarse
las únicas dueñas de las hueras playas,
y allá, en lontananza, puede divisarse
el plácido vuelo de una bella garza.

La bruma recubre los profundos valles
y abraza el entorno de las altas cimas,
cubriendo en su manto los bellos paisajes,
con tul de una niebla muy densa y albina.

¡Bién sé que la vida renueva sus ciclos
y trás el invierno volverán las flores,
con viejos aromas que embarguen los pechos
de cálidos besos y nuevos amores.

Pero para el alma que humilde camina
comienza en otoño su pesada cruz,
ya que para ella tan solo le quedan
los dulces recuerdos de la juventud.

¡Insólita pena que triste y callada,
socava la dicha pasada en verano,
en tardes alegres, cuando en la cañada
brillaban los rayos del sol soberano!

¡Acerbos recuerdos, tristes remembranzas,
de unos días pasados de luz y de flores!
¡Amarga nostalgia, ya sin esperanza,
de gozar de nuevo perdidos amores!

El alma, en su otoño, solloza afligida,
sintiendo acercarse el próximo tiempo,
en que al Ser Supremo devuelva la vida.
Al llegar el frío… En el crudo invierno…

© Antonio Pardal Rivas

Septiembre de 2005 .

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Nostalgia de amor


Dulces arpegios que guarda la mente,
reminiscencias de un tiempo lejano.
Tierna nostalgia de una dicha ausente,
que inmortaliza la voz de un piano.

Dulce aflorar de alegría y tristeza
con añoranza de besos suaves.
Mágicas notas que exhalan belleza,
como el gorjeo y trinar de las aves.

Bellos adagios que bajan del cielo,
rememorando perfumes de flores,
y nos embrujan el alma de encanto.

Tristes nocturnos que llenan de anhelo,
al recordarnos pasados amores,
humedeciendo los ojos de llanto…

© Antonio Pardal Rivas

Abril 2004.

Añoranzas navideñas.


Navidades que nos traen añoranzas de la infancia,
Navidades que nos hacen recordar a nuestra madre,
Nochebuenas donde solo nos sobraba, en abundancia,
la presencia, la ternura y el amor de nuestros padres.

Días fríos en que todos, al calor de un buen brasero,
compensábamos la falta de los dulces que hoy dejamos
entonando villancicos al compas de los panderos,
muy unida la familia, muy unidos los hermanos.

Hoy estimo que eran tiempos más dichosos,
y recuerdo con nostalgia sus sencillos Nacimientos
con figuras modeladas por los niños, afanosos,
con la arcilla que, traviesos, recogían de un barrero.

Careciamos de luces tan brillantes en las calles,
mantecados y dulzainas se pegaban en la boca,
las bebidas exquisitas no probaban nuestros padres,
y vestíamos camisas recosidas, de tan rotas.

Pero nunca perderemos ese tan dulce recuerdo
de la bella melodía de un coro campanillero
escuchándose, a lo lejos, por las calles de aquel pueblo
entonando villancicos que jamás olvidaremos.

Tierna infancia, ya lejana, que llevamos en la mente,
a pesar de sus penurias y su falta de dinero.
Navidades de un pasado que se nos hace presente
cada vez que disfrutamos del sonido de un pandero.

Hoy las luces por las calles iluminan ilusiones,
y en las mesas nunca faltan los manjares exquisitos,
caldeamos nuestras casas con buenas calefacciones,
y en las teles escuchamos los mas bellos villancicos.

¡Pero aquellos tiempos dulces de la infancia tan querida,
celebrando humildemente la llegada del mas Pobre,
no podremos olvidarlos mientras sigamos con vida,
por mucho que ahora tengamos…, y por mucho que nos sobre…!

© Antonio Pardal Rivas

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