Pequeña antología poética de Antonio Pardal Rivas.

Archivo para la Categoría "Poesías"

Torremolinos.


Los tristes avatares de la vida
robáronme cruelmente la pasión
que siempre se escondió en la trabazón
de mi alma en tu belleza derretida.

Con lágrimas de sangre en mi partida
sufrí por una injusta vejación,
dejándome partido el corazón,
llagado por artera y vil herida.

Hoy queda, -superada mi tristeza-,
la fe de aquel hermoso sentimiento
que alegre disfruté con tu belleza.

Nostalgia ya es tan sólo lo que siento
al ver, Torremolinos, tu grandeza,
que atisbo en mi forzado alejamiento.

© Antonio Pardal Rivas

31-03-07

Torroles.


Torroles de mi alma,
Torremolinos…
que cambiaste tu madre malacitana
por cadenas de sangre
que mataron la risa
de tu jarana.

Paraíso bendito
del sur de España.
De la Costa del Sol, rosa temprana.
Siento pena al mirarte
pisado por la bota
cruel y jayana.

¡Levántate, gran pueblo!
¡Lucha de nuevo!
¡Sacude de tu cuerpo esa tirana
zarpa que te aprisiona
cual tigre de papel
de alma inhumana!

Torroles de mi alma,
Torremolinos…
quisiera ver de nuevo la filigrana
de tus calles y playas,
alegres bajo el sol
de la mañana…

© Antonio Pardal Rivas

31-01-08

Muñeca.


Muñeca con carita
de porcelana,
¡Que pena que en ella escondas
tu alma jayana!

Mujer que vas por la vida
predicando
la hermosura del amor, al que tú vas
asesinando.

Te vistes de paloma,
triste escorpión,
y al que cae en tus redes, clavas
el aguijón.

Eres dulce por fuera
como el almíbar,
pero por dentro sabes
a amargo acíbar.

Presumes de bondad,
dulce y serena,
pero al que a ti se acerca, hieres
como una hiena.

Muñeca con carita
de hermosa flor,
no quiero ya ni verte… Vete…
Me das pavor…

© Antonio Pardal Rivas

Septiembre de 2005

Mi junco.


Él tuvo la gran suerte de encontrarla
en el trance crucial de su existencia.
Una fuerte tormenta iba a matarlo
arrancando su tronco sin conciencia.

Vendavales llegados de otros lares
destrozaban sus ramas poco a poco
socavando con saña al viejo árbol
dejando su follaje triste y roto.

Ella estaba cercana al viejo roble.
Bella vara de junco cimbreante,
que luchando valiente con astucia,
mostrábale al gran árbol su acicate.

El roble al ver cercana su derrota
aprendió a combatir con el aliento
del junco, que al doblarse era más fuerte,
y, sabio, decidió plegarse al viento.

Y ambas plantas danzaron enlazadas
el baile más hermoso de la tierra,
burlando las terribles andanadas,
sabiendo que el más duro es el que yerra.

La ventisca cansada de soplar
a otras tierras llevó su algarabía.
Las plantas que supiéronse ayudar
prosiguen engarzadas todavía:

el roble carcomido por los años,
y esa vara de junco tan bonita,
que lo cuida de nuevos desengaños
y llorosa lo ve que se marchita.

© Antonio Pardal Rivas

19-07-07

Lágrimas de mujer.


Me gustan de sus ojos la mirada.
El beso que en su boca sabe a miel.
Me embruja la tersura de su piel
y el blondo de su pelo en la almohada.

Me agrada la pasión inusitada
que muestra al abrazarme. Su joyel
es digno relicario de un vergel
que guarda su belleza delicada.

Mas no puedo aguantar en forma alguna
y sangro como un corte de cuchilla
al ver serpentear bajo la luna

su rostro de mujer buena y sencilla
surcado por reguera inoportuna
de lágrimas bañando su mejilla.

© Antonio Pardal Rivas

17-07-07

El abuelo.


Callosas son las manos del abuelo.
Callosas y sus dedos arrugados.
Su cuerpo ya le duele en todos lados
y tiene en la cabeza poco pelo.

Sus ojos se dirigen hacia el cielo
buscando entre los tonos azulados
imágenes de amores ya pasados
que sirvan a sus penas de consuelo.

Luchó en su larga vida sin descanso,
contento y de su prole rodeado,
venciendo con tesón la gran batalla.

En premio halló el abuelo su remanso
en una residencia, muy cuidado,
pues no pueden llevárselo a la playa.

© Antonio Pardal Rivas
24-08-07

Tu sonrisa.


Si la vida me destroza mis más bellas ilusiones,
cuando sufro los embates de bajezas y traiciones…
Siento un bálsamo que aflora mi alegría…

Es tu risa..

Si mi alma languidece por culpa de las acciones
de aquellos que me lastiman y me llenan de dolores…
Noto algo que me cura, vida mía…

Es tu risa…

Si me hundo en la tristeza, sin sentir mis emociones,
cuando paso de las cosas, cuando no miro a las flores…
Sólo vuelvo a descubrir la luz del día,

con tu risa…

Panacea que cura todos mis males,
aire puro que me sabe a fresca brisa,
me pregunto de mi vida que sería

sin tu risa..

No me niegues, amor mío, ese don que Dios te dió.
No me dejes, no me olvides, no me hundas.
Dame lo único que alivia mi agonía…

Tu sonrisa….

© Antonio Pardal Rivas.

Septiembre 2004.

Sonrisa. Soneto asonante.


Tierna sonrisa que alumbra tu cara
cuando mirando tus ojos te hablo
y rememoro los días de antaño
en que te amé por tu dulce mirada.

Tierna sonrisa que sola me habla
de aquel estío que nunca olvidamos,
cuando los cuerpos de ambos se amaron
sobre el blancor de la arena en la playa.

Esa sonrisa callada y gachona
que, silenciosa, es un canto al amor,
es ventanal en que tu alma se asoma

y me revela tu fiel corazón.
Esa sonrisa que al verla me arroba
lleva marcadas las manos de Dios.

© Antonio Pardal Rivas

30-noviembre-2006

Frío en el alma.


Siento frío en el alma al pensar en la nada.
Me encuentro fracasado, con la ilusión perdida.
Ya se fue, irremisible, la alegría pasada.
Ya se acaba mi vida…

Ya terminó este sueño. Ya se cumplió el destino.
Y solo, ¡solo!, ¡¡solo!!, me toca hacerle frente
al espantoso trance de acabar el camino,
escarpado y doliente…

Ya solo me pregunto con horror infinito,
¿Qué habrá trás esa puerta que cerca se vislumbra?
¿Existirá un edén, como alguien ha descrito?
¿O solo habrá penumbra…?

No entiendo qué me pasa, mas siento mucho miedo,
aguardando aterrado el fin de mi universo.
No hay dios que me conforte, pues perdí mi gran credo,
y me siento indefenso…

Me extremezco al pensar que jamás he existido.
Ya retorno a tu seno, tenebroso final.
Como dijo el poeta, la vida un sueño ha sido,
y nada fue real…

© Antonio Pardal Rivas.
Octubre 2004.

Aguas negras.


Aguas negras que profundas me cautivan
sugiriéndome misterios abisales
mientras ojos escondidos, tristes, miran
la profunda sinrazón de mis pesares.

Negro cielo que me arropa en su grandeza
protegiéndome de ocultas acechanzas
cuando busco liberarme de mi pena,
procurando desterrar mi amargo drama.

¡Cuantas veces retorné al negro lago
rebuscando entre sus aguas mis recuerdos!
¡Cuantas veces presencié su bello ocaso
escondido en el verdor de los helechos!

Ha pasado tanto tiempo desde entonces
que ya el agua ni me mira ni me habla,
y mi mente solo sabe de una noche,
en que el lago me dejó marcada el alma.

Aguas negras que traidoras me robaron
el motivo de vivir que me embargaba,
descubridme crudamente el triste arcano
del porqué  me arrebatásteis a mi amada.

© Antonio Pardal Rivas

6.octubre.2006

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