Pequeña antología poética de Antonio Pardal Rivas.

Archivo para septiembre, 2011

El abuelo.


Callosas son las manos del abuelo.
Callosas y sus dedos arrugados.
Su cuerpo ya le duele en todos lados
y tiene en la cabeza poco pelo.

Sus ojos se dirigen hacia el cielo
buscando entre los tonos azulados
imágenes de amores ya pasados
que sirvan a sus penas de consuelo.

Luchó en su larga vida sin descanso,
contento y de su prole rodeado,
venciendo con tesón la gran batalla.

En premio halló el abuelo su remanso
en una residencia, muy cuidado,
pues no pueden llevárselo a la playa.

© Antonio Pardal Rivas
24-08-07

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Tu sonrisa.


Si la vida me destroza mis más bellas ilusiones,
cuando sufro los embates de bajezas y traiciones…
Siento un bálsamo que aflora mi alegría…

Es tu risa..

Si mi alma languidece por culpa de las acciones
de aquellos que me lastiman y me llenan de dolores…
Noto algo que me cura, vida mía…

Es tu risa…

Si me hundo en la tristeza, sin sentir mis emociones,
cuando paso de las cosas, cuando no miro a las flores…
Sólo vuelvo a descubrir la luz del día,

con tu risa…

Panacea que cura todos mis males,
aire puro que me sabe a fresca brisa,
me pregunto de mi vida que sería

sin tu risa..

No me niegues, amor mío, ese don que Dios te dió.
No me dejes, no me olvides, no me hundas.
Dame lo único que alivia mi agonía…

Tu sonrisa….

© Antonio Pardal Rivas.

Septiembre 2004.

Sonrisa. Soneto asonante.


Tierna sonrisa que alumbra tu cara
cuando mirando tus ojos te hablo
y rememoro los días de antaño
en que te amé por tu dulce mirada.

Tierna sonrisa que sola me habla
de aquel estío que nunca olvidamos,
cuando los cuerpos de ambos se amaron
sobre el blancor de la arena en la playa.

Esa sonrisa callada y gachona
que, silenciosa, es un canto al amor,
es ventanal en que tu alma se asoma

y me revela tu fiel corazón.
Esa sonrisa que al verla me arroba
lleva marcadas las manos de Dios.

© Antonio Pardal Rivas

30-noviembre-2006

Frío en el alma.


Siento frío en el alma al pensar en la nada.
Me encuentro fracasado, con la ilusión perdida.
Ya se fue, irremisible, la alegría pasada.
Ya se acaba mi vida…

Ya terminó este sueño. Ya se cumplió el destino.
Y solo, ¡solo!, ¡¡solo!!, me toca hacerle frente
al espantoso trance de acabar el camino,
escarpado y doliente…

Ya solo me pregunto con horror infinito,
¿Qué habrá trás esa puerta que cerca se vislumbra?
¿Existirá un edén, como alguien ha descrito?
¿O solo habrá penumbra…?

No entiendo qué me pasa, mas siento mucho miedo,
aguardando aterrado el fin de mi universo.
No hay dios que me conforte, pues perdí mi gran credo,
y me siento indefenso…

Me extremezco al pensar que jamás he existido.
Ya retorno a tu seno, tenebroso final.
Como dijo el poeta, la vida un sueño ha sido,
y nada fue real…

© Antonio Pardal Rivas.
Octubre 2004.

Aguas negras.


Aguas negras que profundas me cautivan
sugiriéndome misterios abisales
mientras ojos escondidos, tristes, miran
la profunda sinrazón de mis pesares.

Negro cielo que me arropa en su grandeza
protegiéndome de ocultas acechanzas
cuando busco liberarme de mi pena,
procurando desterrar mi amargo drama.

¡Cuantas veces retorné al negro lago
rebuscando entre sus aguas mis recuerdos!
¡Cuantas veces presencié su bello ocaso
escondido en el verdor de los helechos!

Ha pasado tanto tiempo desde entonces
que ya el agua ni me mira ni me habla,
y mi mente solo sabe de una noche,
en que el lago me dejó marcada el alma.

Aguas negras que traidoras me robaron
el motivo de vivir que me embargaba,
descubridme crudamente el triste arcano
del porqué  me arrebatásteis a mi amada.

© Antonio Pardal Rivas

6.octubre.2006

Otoño.


El viento, furioso, sobre el campo silba.
Las hojas caducas desnudan al árbol.
Las olas del mar, inmensas y altivas,
horadan, con saña, los acantilados.

Las blancas gaviotas vuelven a tornarse
las únicas dueñas de las hueras playas,
y allá, en lontananza, puede divisarse
el plácido vuelo de una bella garza.

La bruma recubre los profundos valles
y abraza el entorno de las altas cimas,
cubriendo en su manto los bellos paisajes,
con tul de una niebla muy densa y albina.

¡Bién sé que la vida renueva sus ciclos
y trás el invierno volverán las flores,
con viejos aromas que embarguen los pechos
de cálidos besos y nuevos amores.

Pero para el alma que humilde camina
comienza en otoño su pesada cruz,
ya que para ella tan solo le quedan
los dulces recuerdos de la juventud.

¡Insólita pena que triste y callada,
socava la dicha pasada en verano,
en tardes alegres, cuando en la cañada
brillaban los rayos del sol soberano!

¡Acerbos recuerdos, tristes remembranzas,
de unos días pasados de luz y de flores!
¡Amarga nostalgia, ya sin esperanza,
de gozar de nuevo perdidos amores!

El alma, en su otoño, solloza afligida,
sintiendo acercarse el próximo tiempo,
en que al Ser Supremo devuelva la vida.
Al llegar el frío… En el crudo invierno…

© Antonio Pardal Rivas

Septiembre de 2005 .

Ojos de caramelo II


Hoy pasé por la puerta de tu casa,
aquella en que de joven tú vivías,
y hallándola tan bella como antaño
creí que los relojes no existían.

Solo vi un leve cambio en la casona:
que faltaban tu rostro y tu alegría.
Y pensé: ¿que habra sido de la niña
pasado medio siglo día a día?

¿Vivirá todavía en la mansión
rodeada de gran chiquillería?
¿O la vida por azares y venturas
la sacó entristecida de Sevilla?

¡Ay, la niña de los bellos ojos verdes!
¿Quién la quiso a lo largo de su vida?
¡Al pensar que por tonto y por chiquillo
la dejé cuando pude hacerla mía…

se me hace un gran nudo en la garganta
que pretende gritar pero no grita,
porque ahoga la fuerza del lamento
una inmensa tristeza y agonía!

Y solo, en el portal de San Leandro,
mirando hacia la casa de la esquina,
esperé con paciencia de ermitaño
por si acaso a la puerta tú salías.

Mas la casa, cuidada con esmero,
balcones y ventanas mantenía
cerrados férreamente como prueba
de que nadie moraba ni vivía.

Y triste caminé hacia la Alfalfa
pensando en los errores de mi vida
y rogando al Señor del Buen viaje
sanase de mi alma sus heridas.

© Antonio Pardal Rivas.

8-septiembre-2011.

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