Pequeña antología poética de Antonio Pardal Rivas.

Archivo para 9 septiembre, 2011

Otoño.


El viento, furioso, sobre el campo silba.
Las hojas caducas desnudan al árbol.
Las olas del mar, inmensas y altivas,
horadan, con saña, los acantilados.

Las blancas gaviotas vuelven a tornarse
las únicas dueñas de las hueras playas,
y allá, en lontananza, puede divisarse
el plácido vuelo de una bella garza.

La bruma recubre los profundos valles
y abraza el entorno de las altas cimas,
cubriendo en su manto los bellos paisajes,
con tul de una niebla muy densa y albina.

¡Bién sé que la vida renueva sus ciclos
y trás el invierno volverán las flores,
con viejos aromas que embarguen los pechos
de cálidos besos y nuevos amores.

Pero para el alma que humilde camina
comienza en otoño su pesada cruz,
ya que para ella tan solo le quedan
los dulces recuerdos de la juventud.

¡Insólita pena que triste y callada,
socava la dicha pasada en verano,
en tardes alegres, cuando en la cañada
brillaban los rayos del sol soberano!

¡Acerbos recuerdos, tristes remembranzas,
de unos días pasados de luz y de flores!
¡Amarga nostalgia, ya sin esperanza,
de gozar de nuevo perdidos amores!

El alma, en su otoño, solloza afligida,
sintiendo acercarse el próximo tiempo,
en que al Ser Supremo devuelva la vida.
Al llegar el frío… En el crudo invierno…

© Antonio Pardal Rivas

Septiembre de 2005 .

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Ojos de caramelo II


Hoy pasé por la puerta de tu casa,
aquella en que de joven tú vivías,
y hallándola tan bella como antaño
creí que los relojes no existían.

Solo vi un leve cambio en la casona:
que faltaban tu rostro y tu alegría.
Y pensé: ¿que habra sido de la niña
pasado medio siglo día a día?

¿Vivirá todavía en la mansión
rodeada de gran chiquillería?
¿O la vida por azares y venturas
la sacó entristecida de Sevilla?

¡Ay, la niña de los bellos ojos verdes!
¿Quién la quiso a lo largo de su vida?
¡Al pensar que por tonto y por chiquillo
la dejé cuando pude hacerla mía…

se me hace un gran nudo en la garganta
que pretende gritar pero no grita,
porque ahoga la fuerza del lamento
una inmensa tristeza y agonía!

Y solo, en el portal de San Leandro,
mirando hacia la casa de la esquina,
esperé con paciencia de ermitaño
por si acaso a la puerta tú salías.

Mas la casa, cuidada con esmero,
balcones y ventanas mantenía
cerrados férreamente como prueba
de que nadie moraba ni vivía.

Y triste caminé hacia la Alfalfa
pensando en los errores de mi vida
y rogando al Señor del Buen viaje
sanase de mi alma sus heridas.

© Antonio Pardal Rivas.

8-septiembre-2011.

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