Pequeña antología poética de Antonio Pardal Rivas.

Archivo para 15 agosto, 2011

Ojos de caramelo.


Hace ya cincuenta años
o algunos más, no recuerdo.
Sevilla estaba embrujada
por ojos de caramelo

verdes como los trigales
y azulados como el cielo.
Yo ya sabía la hora
en que a los dos podía verlos.

Esquina a Puerta Carmona
y San Esteban adentro,
pasaban por San Leandro,
San Ildefonso y al centro.

Y por aquellas plazuelas,
con mis libros de derecho,
encontraba a las hermanas,
que volvían del colegio.

Yo miraba despacito
la de los ojos más tiernos
con dulzura de vergeles
verdosos y un poco negros.

La pequeña, muy guasona,
se sonreía hacia dentro.
¿Que pensaría la niña
al presenciar los encuentros?

La mayor, lo más bonito
existente en tierra y cielo,
me miraba fijamente
y sonreía muy lento.

Iban ambas de uniforme
de las clarises, sospecho;
tenían un señorío
que sobrecogía al verlo.

Cuando pasaron los días
nos reíamos al vernos
y poco a poco charlamos
un poquito de querernos.

¡Ay, plaza de San Leandro,
ahora que me encuentro viejo
cuanto daría por verte,
ojitos de caramelo!

Perdóname, linda niña,
y que me perdone el cielo
por dejarte sola y triste
lastimando tus anhelos.

¡Que torpeza más inmensa!
¡Como lo siento y lamento!
¡Que cuando vi tu palacio
te vi viviendo en el cielo!

¡Y me vi tan poca cosa
que, ahora que palacio tengo,
lloro y maldigo mi sino,
niña de los ojos bellos!

© Antonio Pardal Rivas.

15-8-2011.

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