Pequeña antología poética de Antonio Pardal Rivas.

Archivo para agosto, 2011

Lujuria. Soneto heroico


Lujuria en la carne, lujuria en la mente,
que quema, que invade los cuerpos ajados
de seres que cruzan la vida alienados
al ver a este mundo caduco y demente.

Lujuria que ataca, oculta y paciente,
al alma de muchos con pasos larvados,
sean pobres o ricos, solteros, casados.
Lujuria que abusa del ser inocente.

¡Gozad del placer del dios que ahora impera!
¡Alzad vuestras copas!, ¡Brindad por el sexo
que manda en el mundo cual gran concertista!

Él marca las pautas en esta quimera,
mostrando atrayentes las claves del nexo
que ofrenda el humano a un dios hedonista.

© Antonio Pardal Rivas

16-noviembre-2006

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Guadalquivir. Soneto heróico.


Con suave majestad, como en un rito
legado de antiquísima cultura
desliza su verdor por la llanura
buscando al gran oceano infinito.

Su andar tiene la paz del morabito
huyendo del fragor de la angostura,
solemne con su mágica andadura
lejana del marjal y del granito.

¡Gentil Wadi al-Kabir, mi amado río!
¡Oh, dulce manantial que en su bondad,
Dios quiso regalar a Andalucía!

Al ver tu mansedumbre y poderío
comprendo la grandiosa dignidad
del pueblo al que regalas tu hidalguía.

© Antonio Pardal Rivas
24-09-07

Madrugada. Soneto dactílico


La madrugada nos cubre en su manto
y allá a lo lejos se escucha el gemido
de alguien que vaga en la noche, perdido,
sin encontrarle remedio a su llanto.

Lejos, muy lejos, con luz de amaranto,
brilla la luna con leve latido,
mientras el mundo descansa dormido
y el ser humano se ama entretanto.

¡Dulce es la noche y su fiel madrugada,
siendo de cuerpos desnudos la hora
en que se enlazan con danza embrujada

hombre y mujer mientras llega la aurora,
cuando de dicha se muere la amada
entre los brazos del ser que la adora!

© Antonio Pardal Rivas

10-09-07

Estrellas fugaces.


Cruzan raudas por el cielo
cual centellas luminosas,
y ambos, soñando en la playa,
miramos sus bellas orlas.

Suena el rumor de las olas,
y la luna resplandece
vestida con la areola
de su luz incandescente.

Beso tus húmedos labios
y acaricio tu cabello,
que en este inmenso escenario
se confunde con el cielo.

Esas estrellas fugaces
que por el cielo cabalgan
como caballos de fuego
me arroban al contemplarlas.

Hay un instante muy breve
en que una nube traviesa
esconde a la hermosa Luna
ocultando tu belleza.

Yo aprovecho la ocasión
de este mágico momento
y embargado de ternura,
abrazo tu amado cuerpo…

Y sobre la fina arena,
en una noche estrellada,
se produce el gran milagro
que funde nuestras dos almas…

¿Qué más pido yo a la vida?
¿Es que puede darme más?
Tú, la Luna, las estrellas…
¿Qué más puedo desear…?

© Antonio Pardal Rivas

Mayo 2005.

El genio.


A veces me pregunto desolado
¿Dónde moran los genios del presente?
¿Do se esconde la musa hoy ausente
que alumbró la belleza en el pasado?

Y recorro senderos, agotado,
leyendo con palabra balbuciente
los escritos de algún vate viviente
por si fuese el poeta no encontrado.

Y sumido entre tanta poesía
mi pecho se destruye poco a poco
buscando la excelencia tan ansiada.

Mas no encuentro sublime fantasía
y de pena me voy volviendo loco
intuyendo que exploro entre la nada.

© Antonio Pardal Rivas

29-04-07

Ojos de caramelo.


Hace ya cincuenta años
o algunos más, no recuerdo.
Sevilla estaba embrujada
por ojos de caramelo

verdes como los trigales
y azulados como el cielo.
Yo ya sabía la hora
en que a los dos podía verlos.

Esquina a Puerta Carmona
y San Esteban adentro,
pasaban por San Leandro,
San Ildefonso y al centro.

Y por aquellas plazuelas,
con mis libros de derecho,
encontraba a las hermanas,
que volvían del colegio.

Yo miraba despacito
la de los ojos más tiernos
con dulzura de vergeles
verdosos y un poco negros.

La pequeña, muy guasona,
se sonreía hacia dentro.
¿Que pensaría la niña
al presenciar los encuentros?

La mayor, lo más bonito
existente en tierra y cielo,
me miraba fijamente
y sonreía muy lento.

Iban ambas de uniforme
de las clarises, sospecho;
tenían un señorío
que sobrecogía al verlo.

Cuando pasaron los días
nos reíamos al vernos
y poco a poco charlamos
un poquito de querernos.

¡Ay, plaza de San Leandro,
ahora que me encuentro viejo
cuanto daría por verte,
ojitos de caramelo!

Perdóname, linda niña,
y que me perdone el cielo
por dejarte sola y triste
lastimando tus anhelos.

¡Que torpeza más inmensa!
¡Como lo siento y lamento!
¡Que cuando vi tu palacio
te vi viviendo en el cielo!

¡Y me vi tan poca cosa
que, ahora que palacio tengo,
lloro y maldigo mi sino,
niña de los ojos bellos!

© Antonio Pardal Rivas.

15-8-2011.

El relicario.


Si digo que te quiero con locura
me respondes que tú me quieres más.
Y pienso para mí, ¿tú qué sabrás
del amor que me abrasa y me tortura?

No dudo que me quieres con ternura
y que nunca de amarme dejarás,
mas te miro y pregunto lo que harás
cuando marche a habitar mi sepultura.

Si me quieres de un modo tan ardiente,
¿Dejarás a mi cuerpo solitario
bajo piedra de marmol reluciente?

Yo, loco, marcharía voluntario,
a darte compañía eternamente,
muriendo junto a ti en tu relicario.

© Antonio Pardal Rivas

10-05-07

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