Pequeña antología poética de Antonio Pardal Rivas.

Archivo para julio, 2011

Ingratitud.


¡Cuantos años han pasado!
¡Cuanto amor has repartido
en tu caminar pausado
por senderos escondidos!

¡Desengaños de una vida
que nunca más volverá,
y rompen tu corazón
cuando ya pronto te irás!

¡Amargura del recuerdo
de la hermosa juventud,
en que repartiste amores
huerfanos de gratitud.!

Fuiste sembrando ternuras
a lo largo de tu vida,
y cosechaste amarguras
en tu alma dolorida…

Hijos a los que entregaste
lo más dulce de tu ser…
¿Por qué olvidais vuestro padre
en su triste atardecer?

Amigos, mintiendo amores,
que te entregaban su aprecio
a cambio de tus favores…
¡Los creiste como un necio…!

Solos, desnudos, nacemos,
y también solos morimos…
¿Por qué nos lastima tanto
el desamor y el olvido…?

© Antonio Pardal Rivas

Octubre 2004.

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Alzheimer (soneto alejandrino).


Cuando el tiempo me obligue a doblar la cabeza, 
y a pesar de mirarte, tu dulzura no vea. 
Cuando ya un ser humano mi persona no sea… 
Cuando, ignaro, mi cuerpo se mueva con torpeza. 

Cuando tiemblen mis manos sin rozar tu belleza, 
y mi voz ya no sepa transmitirte una idea, 
olvidando que fuiste mi adorable azalea… 
Cuando mi alma, cansada, se muera de tristeza. 

Cuando ya ni siquiera me acuerde de tu nombre. 
Cuando llegue a olvidar nuestra vida pasada. 
Cuando solo persista en mi cuerpo su faz… 

Nunca olvides los años en que yo fuí tu hombre. 
Ten presente aquel tiempo en que fuiste mi amada, 
y concédeme, cielo, el reposo y la paz… 

© Antonio Pardal Rivas.

Junio 2005.

A una poeta.


Luminosa hermosura la que tu pluma exhala
con arrebol intenso de un bello atardecer,
en que el amor se tiñe de nacarada gala
oculto entre las sombras de un tierno perecer.

Cadencias enhebradas en besos rutilantes
con el aura difusa de una bella canción.
Así suena en el alma tu verso exuberante,
que roza con sus alas la voz del corazón.

Tu canto es la dulzura de un enhelo escondido,
allá en lo más profundo de la sima perdida.
Tu canto es el más bello madrigal que ha salido
de una hechicera mano que sabe amar la vida.

Hermosura exultante de un futuro ignorado
con plétora de flores a las que falta algún
misterio del destino, que nos tiene guardado
el más sublime verso que no has escrito aún…

© Antonio Pardal Rivas.

3 octubre 2006

Desdenes.


 

Contrasentido en tu esencia,
contradicción en tu ser,
no me cansa tu presencia,
mas me destruyes, mujer

Hay momentos en que ries
y me besas con amor,
y otros, mujer inconstante,
me demuestras gran rencor.

Pasas del amor al odio,
sin aparente motivo.
¿Que impulsa tus sentimientos
para darme tal castigo?.

Unas veces te comportas
como dulcísima miel,
y otras me muero y no vivo,
pues sabes a amarga hiel.

¿Por qué tornas en desdenes,
lo que en un momento antes
eran tan dulces manjares?
¿Por qué eres tan cambiante?

¿Será exceso de cariño?,
¿Serán celos en tu pecho?
¿O es que no colmo tu anhelo,
y te provoco despecho?.

Mujer, ¡Me estás destruyendo,
con tus continuos vaivenes,
pues la razón voy perdiendo,
con tu amor… y tus desdenes…! 

© Antonio Pardal Rivas. 

 

 

 

 

 

 

Calla.


Doblan las campanas.
Su són plañidero se escucha en el valle.
Los pájaros callan.
La gente, llorosa, deambula en la calle…

El cielo está triste
y llora en el campo con suave llovizna.
La tierra se viste
de un inmenso luto, mustiada su brizna…

Y allá en la vereda,
desfila un cortejo, con paso cansado,
portando en silencio…
a otro que mataron, por haber hablado…

Calla y no protestes.
Trágate en silencio tu tremendo horror.
¡Que no se den cuenta,
que tú eres de fuera y sientes terror…!

¡Oculta tu miedo!
¡Quizá tú te escapes del vil asesino!
¡Dile que eres de ellos!
¡Prosigue aterrado tu amargo destino…!

Pasaron los tiempos
en que era un orgullo gritar con nobleza
que tú habías nacido
en una gran patria, llena de grandeza…

Doblan las campanas…
Su son plañidero inunda los valles…
El arroyo calla…
Todo está orquestado para que tú calles…

©  Antonio Pardal Rivas.

Junio 2006.

Mártires de Almería.


Sólo la luna miraba
cómo tiraban los fardos.
Cien fusiles vigilaban
mientras caían rezando.

Y en el cielo los luceros
miraban para otro lado
avergonzados los pobres
de servirles de entorchados.

¡Apresura el paso, viejo,
que Dios se encuentra esperando
ahí abajo, en ese pozo
donde te esperan tus santos!

Los lagartos y alacranes
se escondían asustados
sin atreverse a mirar
lo que allí estaba pasando.

¡Ahora te toca a ti, niño,
que ayer te pillé rezando!
¡Y con las manos atadas
también lo tiran abajo!

Sólo la luna miraba,
pues el sol se había marchado
horrorizado también
de que mataran sus rayos.

Unos vestían con monos
y gritaban asustados.
Otros rezaban tan sólo
y se iban despeñando

a la negrura del pozo
que les daba sus abrazos
arropándolos al fondo
con sus cuerpos destrozados.

¡Lágrimas rojas surgían
de la luna y de su halo
al contemplar con horror
el martirio de unos santos!

La pobre se preguntaba:
¡Si esa gente no ha hecho daño!
¿Por qué con tan mala saña
sin piedad los van matando?

Ya sólo queda un curita
con rostro aterrorizado
y su sotana raída
de soportar culatazos.

¡No quiero morir, no quiero,
que yo no hice nada malo!
¡Vete al infierno, beato,
que el pueblo ya se ha cansado

de soportar tus sermones
ayudando al rico amo.
¡No quiero morir, no quiero!
¡Hala, curita, pa abajo!

Ya se acabó la faena.
Ya se terminó el trabajo.
Ya hay trescientos cuervos menos
que, valientes, liquidamos.

Allí no habían tricornios.
Tampoco habían gitanos.
Los mártires y asesinos
eran españoles payos.

Eso fue hace mucho tiempo
y todo está perdonado.
Mas la luna fue testigo
y ella me lo ha recordado.

© Antonio Pardal Rivas

21-10-07

http://www.diocesisalmeria.es/archivos/varios/geografiamartirialalmeria19361939.pdf

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