Pequeña antología poética de Antonio Pardal Rivas.

Archivo para julio, 2011

Fábula de la hojita envidiosa.


¡Tengo miedo! ¡Me da susto!
¡Ya se aproxima el final…!
¡Siento un amargo regusto:
no puedo volver atrás!

¡Fui tan dichosa en mi vida,
que ahora, llegado el momento
de esta tan cruel despedida,
me surge un triste lamento!

Nací encima de un madroño
muy tupido y muy frondoso,
y en marzo fuí ya un retoño
cada día más hermoso.

Desde mi hermosa atalaya
veía torres y calles
y hasta, detrás de los valles,
divisaba alguna playa.

Siempre tuve compañía
de pajarillos canoros
y era tanta mi alegría
que disfrutaba con todo.

Mariposas coloridas
me rodeaban volando,
¡Era tan bella mi vida
que jamás me ví llorando!

Era yo una tierna hojita
muy feliz y muy dichosa
que sujeta a una ramita,
disfrutaba de las cosas.

Y pasó un largo verano
de felicidad completa;
me despertaba temprano
viendo volar las cometas.

Los jilgueros y canarios
cantaban sus melodías
y cerca de un campanario
iba pasando mis dias.

Pero, ¡ay, triste de mi!
comencé a sentir envidia
cuando un día descubrí
a un ave bella y hermosa.

Ella volaba gozosa
entre valles y cañadas
mientras que yo, pesarosa,
me quedaba en mi enramada.

Era tanto mi deseo
de emular a la abubilla
que tambien sentí las ganas
de volar cual avecilla.

Y así pasaban los días
y mi envidia iba creciendo
al saber que yo no hacía
lo que el ave estaba haciendo.

Pero llegado el otoño
vino un viento huracanado
que me arrancó del madroño
¡y al fin sola ya he volado!

Crucé montañas y valles,
me remonté hasta las nubes,
y contemplé un gran paisaje
como nunca soñar pude.

Bailaba en los remolinos,
atravesé muchas tierras,
descansé en un bello pino
y corrí sobre la yerba.

Mas, hete aquí, que de pronto
observé con gran espanto
que se arrugaba mi rostro
¡Mi savia se iba secando!

Y quise muy presurosa
volver a mis enramadas
pero noté, ¡triste cosa!,
que ya no era deseada.

Lloré, supliqué y pedí
que me admitieran de nuevo,
pero entonces comprendí
el gran error de mi vuelo.

Ahora me siendo morir,
triste, sola y afligida,
porque no quise seguir
el destino de mi vida.

Y es que la envidia es tan mala
que todo el que la padece,
cuando sucumbe ante ella,
muy tristemente perece.

Cada cual ha de seguir
su función en esta vida
sin pretender conseguir
otra ambición desmedida

¡Adiós madroño querido…!
¡Adiós mis hermanas sabias…!
¡Seguid viviendo dichosas,
mientas yo muero sin savia…!

© Antonio Pardal Rivas.
Mayo 2004.

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Ensoñación.


Esta noche soñé con cosas ya pasadas.
Surcaba el ancho mar mirando al firmamento.
Mecíanme las olas con un vaivén muy lento
y la luz de la luna sobre la mar brillaba.

Con suma nitidez recordaba mi vida.
Infancia ya perdida que volvió a resurgir,
tan clara, tan fulgente, que creí revivir,
como un reverdecer de la ilusión perdida.

El hechizo sentido en esta ensoñación,
embargaba mi alma de una dulce fragancia,
haciendo renacer recuerdos de mi infancia,
ajenos, por completo, a mi actual dolor.

Una música hermosa en mi sueño se oía,
y una Voz que bajaba del infinito cielo
me interrogaba dulce, con triste desconsuelo:
¿Por qué desperdiciaste tus noches y tus días?

Yo mismo, al escuchar tan amargo reproche,
me pregunté en la noche:

¿En qué sitio olvidaste tu tierno corazón?
¿Donde fuiste dejando retazos de tu fe?
¿En que lugar perdiste tu temprana ilusión,
hasta caer de lleno en este perecer?

Entonces escuché, cual bella melodía,
la extraña voz del Ser que tierno reprobaba
mis días de placeres, en que desperdiciaba
ternura, fe, bondad, amor a mis hermanos
y afecto a los humanos.

¡Ay, sueño tan real, que me has iluminado!.
¡Cuánto me has enseñado…!

¡Quién pudiera empezar la vida nuevamente,
repartiendo el amor que albergaba mi pecho,
consolando al enfermo, al triste y abatido,
cuidando al desvalido…!

¡Mas ya pasó mi tiempo para sembrar cosechas
de amor y de bellezas!

¡Ay, sueño traicionero, qué tarde me has mostrado
el fallo padecido!

¡Qué tarde me enseñaste el tiempo que perdí,
viviendo alegremente de espalda al afligido…!

© Antonio Pardal Rivas
Marzo 2004.

Dulcinea.


El halo inmarcesible de la luna,
el bello titilar de cada estrella,
no pueden compararse, mujer bella,
contigo, la sin par, como ninguna.

En Toboso tuviste tu alta cuna,
¡Oh preciosa y dulcísima doncella!
En la Mancha dejaste tu honda huella,
y Castilla gozó de gran fortuna.

De España eres orgullo y eres gloria,
tierno amor del andante caballero
Don Quijote, fermosa Dulcinea.

Él lidió, consiguiendo la victoria,
en lucha desigual, con valor fiero,
defendiendo tu honor en la pelea.

© Antonio Pardal Rivas

Abril 2005.

Mi amiga.


Yo tuve hace tiempo una amiga buena,
con un tierno afecto que nunca fallaba;
su cara era noble, sincera y serena
cuando me miraba.

Era mi consuelo cuando la tristeza
llenaba mi pecho de amarga aflicción.
Creía en su alma llena de belleza,
y en su comprensión…

Yo tuve una amiga, con afecto puro.
Solo nos unía la amistad sincera.
No había entre nosotros rincones oscuros.
Solo amiga era.

Decía unas cosas de tal hermosura,
que eran como luces de un bello color.
¡Hablaba de todo con tanta dulzura…!
Parecía una flor…

¿Donde estás amiga?, ¿Por qué te marchaste?
¿No ves el puñal que injusta has clavado?
¿Por qué, amiga buena, por qué me fallaste?
¿Por qué me has dejado?

Ya no volverán los tiempos de antaño…
Jamás ya las flores me darán su olor…
Ha sido muy fuerte mi gran desengaño…
Me embarga el dolor…

© Antonio Pardal Rivas

Agosto 2005.

Gorrión. En gaita gallega.


Oh, gorrioncillo que, humilde, gorjeas
en la enramada del árbol más alto,
cuida tu vida del bravo milano
mientras cantando los campos alegras.

Es que quizás tu bondad no comprenda
que existen seres que escuchan tu canto
y que te acechan, lejanos y altos,
mientras celebras tu dicha con ella.

Guarda silencio si observas que miran
hacia el ramal donde te hallas a gusto
y vete pronto al zarzal más tupido.

Y desde él, si ya ves que te olvidan,
sigue entonando tus bellos arrullos
para la amada a quien lanzas tus trinos.

© Antonio Pardal Rivas

27-noviembre-2006

Temor.


Quiero mostrarte el amor que yo siento
cuando te abrazo en la noche estrellada
en la pradera de hierba alfombrada,
mientras aspiro despacio tu aliento.

Quiero ceñir con pasión, avariento,
tu suave pecho de piel nacarada
y recrearme en tu faz desmayada
con tus cabellos meciéndose al viento.

Es el instante en que estalla mi amor,
pues no comprendo que tenga la suerte
de que tú seas mi fiel compañera,

y me tortura el enorme temor
de que algún un día tendré que perderte,
cuando aparezca la dama que espera.

© Antonio Pardal Rivas

17-noviembre-2006

La meiga.


Hubo una vez una linda doncella,
sin conocer del amor su embeleso.
Nunca alcanzó a saber qué era eso
de contemplar junto a otro una estrella.

Nunca dejó en un alma su huella,
ni demostró su ternura en un beso…
Mas una meiga escondida en lo espeso,
díjole así a esa joven tan bella:

Es el amor ofrecer tu fragancia
para que el ser al que quiera tu pecho
busque a tu lado, dichoso, el solaz,

y guarde siempre la dulce constancia,
que lo conduzca a encontrar en tu lecho,
un tierno abrazo, el reposo y la paz.

© Antonio Pardal Rivas

16-noviembre-2006

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