Pequeña antología poética de Antonio Pardal Rivas.

Archivo para 27 mayo, 2011

Retrato.


Hoy, revolviendo en un viejo cajón
he descubierto una joya olvidada,
dulce reliquia de un tiempo lejano:
viejo retrato de tu cara amada.

Eras muy joven en aquella imagen
que reflejaba tu tierno candor.
Lágrimas dulces bañaron mi cara,
bajo el recuerdo de aquel gran amor.

Media centuria ya tiene la foto,
y aún me parece que tiene dos días.
¡Como pasaron tan raudos los años!
¡Como me aterra esta cruel lejanía!

Cuando se acerca el final de la vida
y ya la mente no se halla alienada,
todo se aprecia en tiempo presente.
Ya para uno no hay antiguo nada…

Aún me parece que estrecho tu cuerpo…
aún siento dulce la miel de tu boca…
aún me ilumina la luz de tus ojos…
aún sigo oliendo tu perfume a rosa…

¡Bello retrato que andaba perdido,
y que por un puro azar he encontrado!
¡Cuanta dulzura a mi mente has traído,
al recordarme aquel tiempo pasado…!

¡Voy a llevarte como a un relicario
junto a mi pecho, oculto, escondido,
hasta que llegue la hora esperada
en que me vaya donde tú te has ido…!

© Antonio Pardal Rivas.

Noviembre 2005.

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Invierno


Ya vendrá el invierno…
y recordarás
las dulces palabras que yo te decía
cuando eras mi amiga
y te acompañaba, esos tristes días
de frios y nieves, en los que sufrías
dolores de infierno…

Ya vendrá el invierno…
y lamentarás
las cosas que hiciste con el alma mía,
clavando una espina,
punzante y dañina,
sin llegar a ver lo que padecía
mi corazón yermo…

Ya pronto vendrá…
y en falta echarás
las suaves caricias sobre tus cabellos,
las dulces palabras
y los tiernos besos en tus ojos bellos,
que ya no tendrás…

Ya se acerca el frío…
y echarás de menos
la inmensa ternura que yo a ti te daba
porque te quería
con afecto puro, que nunca olvidaba
tu penar sombrío…

Ya viene el invierno…
Pronto llegará…
Y recordarás…
a aquel buen amigo que tanto te quiso…
y no volverá…

© Antonio Pardal Rivas
Marzo 2005.

Afuera era de noche.


Afuera era de noche.
La escarcha refulgía en la pradera
con bellos tornasoles plateados.
Los astros titilaban en el cielo,
en un tapiz de estrellas decorado.

Jardines alumbrados por la luna
abrían con pasión todas sus flores,
y en tierna ensoñación me recordaban,
con cálida añoranza, sus amores.

Guardaba aún su última sonrisa,
su último suspiro y postrer beso,
aquella larga noche de caricias,
de dulce amor y plácido embeleso.

Afuera era de noche.
La espuma de la playa me arrullaba
con plétora de hermosas caracolas,
mostrándome senderos infinitos,
reflejos de su cuerpo entre las olas.

Los astros alumbraban su semblante,
sus manos parecían blancas palomas.
Sentía toda el ansia del amor,
inmerso en el efluvio de su aroma.

Hallábame cautivo del recuerdo,
de su última mirada embrujadora,
de aquella sensación, de aquel influjo,
nacido de la luz de aquella aurora.

Afuera era de noche.
Eterna, iluminada, interminable.
La brisa susurraba en mis oídos
las letras de su nombre tan amado,
colmando de pasión a mis sentidos.

Sediento, en el tálamo buscaba
la dulce suavidad y la tersura
de aquella que en mis sueños aún vivía,
ansiando acariciarla con ternura.

Al no encontrar sus senos ni su cara,
un grito de dolor subió hasta el cielo,
llamando a la que allá se había marchado,
dejándome, en la tierra, sin consuelo…

Afuera era de noche.
La luna iluminaba los jardines,
las olas de la mar tristes sonaban,
y solo, en aquel lecho en que la amé,
mis ojos, recordándola, lloraban…

© Antonio Pardal Rivas.

Mayo 2005.

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