Pequeña antología poética de Antonio Pardal Rivas.

Archivo para 12 mayo, 2011

Tus senos


Me excitan y enardecen, me elevan hasta el cielo,
al contemplarlos libres, en toda su hermosura.
Es superior a mí, este embrujo hechicero
que envuelve mis sentidos, al ver tal donosura.

Su blanca infinitud, más pura que la nieve,
la simetría perfecta de su suave contorno,
en mágico contraste con tu cintura leve,
me arroban y embelesan en un dulce trastorno.

¡Cuanto tiempo ha pasado desde la vez primera
en que tú me ofreciste las dos blancas palomas!
¡Aún guardo en mi memoria el día de primavera,
en que me concediste gozar su dulce aroma!

Y al recordar los días que fueron manantiales,
de la incipiente vida que estábamos forjando,
siento un impulso tierno que me empuja a besarlos,
y después, lentamente, seguirte acariciando…

¡Nunca llega a su fin el ansia que me envuelve
de sentir en mi boca las fresas de sus cimas…!
¡Jamás llega el momento de dejar de besarlas,
cuando me las ofreces, cual dádiva divina…!

Esta pasión oculta que vengo padeciendo,
levantando borrascas en mi otoño sereno,
que da luz a mi vida, pero ni yo comprendo,
la origina, mi amor, el fulgor de tus senos…

¡Talismán hechicero que Dios te concedió,
que hace que cuando suaves, lo acarician mis manos,
de forma ineluctable, con ternura infinita…
irremediablemente, nuestros cuerpos fundamos…!

© Antonio Pardal Rivas

Octubre de 2005.

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Violencia de género.


¡No pienses más en él, es un inutil
que no puede apreciar lo que lo amas!
¡Entiérralo en la tumba denegrida
de aquellos que no saben dar su alma!

¡Venera los recuerdos de aquel tiempo
en que feliz viviste equivocada,
bebiendo de los besos traicioneros
que dulces se posaban en tu cara!

¡Mas huye de sus pasos, amor mío,
que solo sufrimientos te deparan
palabras embusteras que te dice
en un triste y siniestro abracadabra!

¡Rechaza sus promesas engañosas
que ocultan las maldades de un canalla,
mezcladas con el rojo de una sangre
que a veces, en su furia, te derrama!

¡Aparta de la fiera y sus colmillos
el alma que te tiene secuestrada
y piensa que si sigues a su lado,
seguro llega el día en que te mata!

Así yo le clamaba a la mujer
que oculto y silencioso veneraba,
transido de dolor al ver sus ojos
mirando con temor al que ella amaba.

¡No le hizo caso nunca a mis consejos!
¡Jamás prestole oído a mi llamada!
¡Tan grande era el amor que le tenía
que todos sus maltratos soportaba!

Hoy triste me prosterno ante la tumba
do yace ya mi rosa deshojada.
Aquella que fue fiel a su destino
sin ver el gran amor que yo le daba…

© Antonio Pardal Rivas

17-10-07

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