Pequeña antología poética de Antonio Pardal Rivas.

Archivo para mayo, 2011

Retrato.


Hoy, revolviendo en un viejo cajón
he descubierto una joya olvidada,
dulce reliquia de un tiempo lejano:
viejo retrato de tu cara amada.

Eras muy joven en aquella imagen
que reflejaba tu tierno candor.
Lágrimas dulces bañaron mi cara,
bajo el recuerdo de aquel gran amor.

Media centuria ya tiene la foto,
y aún me parece que tiene dos días.
¡Como pasaron tan raudos los años!
¡Como me aterra esta cruel lejanía!

Cuando se acerca el final de la vida
y ya la mente no se halla alienada,
todo se aprecia en tiempo presente.
Ya para uno no hay antiguo nada…

Aún me parece que estrecho tu cuerpo…
aún siento dulce la miel de tu boca…
aún me ilumina la luz de tus ojos…
aún sigo oliendo tu perfume a rosa…

¡Bello retrato que andaba perdido,
y que por un puro azar he encontrado!
¡Cuanta dulzura a mi mente has traído,
al recordarme aquel tiempo pasado…!

¡Voy a llevarte como a un relicario
junto a mi pecho, oculto, escondido,
hasta que llegue la hora esperada
en que me vaya donde tú te has ido…!

© Antonio Pardal Rivas.

Noviembre 2005.

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Invierno


Ya vendrá el invierno…
y recordarás
las dulces palabras que yo te decía
cuando eras mi amiga
y te acompañaba, esos tristes días
de frios y nieves, en los que sufrías
dolores de infierno…

Ya vendrá el invierno…
y lamentarás
las cosas que hiciste con el alma mía,
clavando una espina,
punzante y dañina,
sin llegar a ver lo que padecía
mi corazón yermo…

Ya pronto vendrá…
y en falta echarás
las suaves caricias sobre tus cabellos,
las dulces palabras
y los tiernos besos en tus ojos bellos,
que ya no tendrás…

Ya se acerca el frío…
y echarás de menos
la inmensa ternura que yo a ti te daba
porque te quería
con afecto puro, que nunca olvidaba
tu penar sombrío…

Ya viene el invierno…
Pronto llegará…
Y recordarás…
a aquel buen amigo que tanto te quiso…
y no volverá…

© Antonio Pardal Rivas
Marzo 2005.

Afuera era de noche.


Afuera era de noche.
La escarcha refulgía en la pradera
con bellos tornasoles plateados.
Los astros titilaban en el cielo,
en un tapiz de estrellas decorado.

Jardines alumbrados por la luna
abrían con pasión todas sus flores,
y en tierna ensoñación me recordaban,
con cálida añoranza, sus amores.

Guardaba aún su última sonrisa,
su último suspiro y postrer beso,
aquella larga noche de caricias,
de dulce amor y plácido embeleso.

Afuera era de noche.
La espuma de la playa me arrullaba
con plétora de hermosas caracolas,
mostrándome senderos infinitos,
reflejos de su cuerpo entre las olas.

Los astros alumbraban su semblante,
sus manos parecían blancas palomas.
Sentía toda el ansia del amor,
inmerso en el efluvio de su aroma.

Hallábame cautivo del recuerdo,
de su última mirada embrujadora,
de aquella sensación, de aquel influjo,
nacido de la luz de aquella aurora.

Afuera era de noche.
Eterna, iluminada, interminable.
La brisa susurraba en mis oídos
las letras de su nombre tan amado,
colmando de pasión a mis sentidos.

Sediento, en el tálamo buscaba
la dulce suavidad y la tersura
de aquella que en mis sueños aún vivía,
ansiando acariciarla con ternura.

Al no encontrar sus senos ni su cara,
un grito de dolor subió hasta el cielo,
llamando a la que allá se había marchado,
dejándome, en la tierra, sin consuelo…

Afuera era de noche.
La luna iluminaba los jardines,
las olas de la mar tristes sonaban,
y solo, en aquel lecho en que la amé,
mis ojos, recordándola, lloraban…

© Antonio Pardal Rivas.

Mayo 2005.

Tu mirada.


Si en Gaia ningún hombre ya cantase
y en el mar toda vida se extinguiera.
Si en el cielo el gran Sol ya no luciera
y a los seres jamás nos calentase.

Si el trinar de los pájaros cesase
y el color de las flores se perdiera.
Si el desierto secase la pradera
y el halo de la luna se apagase.

Cuando ya no existiese la alborada,
y nunca resurgiesen las auroras,
pues la luz de los astros pereciera.

Cautivo en el fulgor de tu mirada,
te amaría, mujer, a todas horas,
e igual que ahora te quiero te quisiera…

© Antonio Pardal Rivas

Abril 2005.

Bésame.


Bésame despacio y suavemente,
con la tierna dulzura que tú sabes.
Bésame sin prisa, lentamente…

Une tus labios rezumantes de ambrosía
con mis labios, maduros, ya cansados.
Besame la boca, vida mía
poco a poco, con ternura, despacito,
mientras nuestros labios se acarician
gozando de placeres infinitos…

Y cuando ya esté embriagado por tus besos
no retires tu boca de la mía,
deja que acaricie tu bella dentadura
mimando suavemente las perlas que la engarzan,
adornando tu boca limpia y pura.

Déjame que aspire el dulce aliento
que emana de tu boca tan querida.
Que ese aroma que tus labios solo exhalan,
a mi me da la vida.

Bésame, mi amor, pues con tus besos
vas curando tiernamente mis heridas,
y vuelvo a recobrar con más fuerza, si cabe,
las ganas de vivir que ya creí perdidas…

Bésame cada día, cada hora, cada instante
que yo nunca me canso de tus besos.
Bésame, mi hermosa mujercita y tierna amante.
Ofréceme mil veces tu boca tan amada…
que es lo único que alegra y da sentido
a una vida que sin ti no sería nada…

© Antonio Pardal Rivas

Agosto 2.005.

Tus senos


Me excitan y enardecen, me elevan hasta el cielo,
al contemplarlos libres, en toda su hermosura.
Es superior a mí, este embrujo hechicero
que envuelve mis sentidos, al ver tal donosura.

Su blanca infinitud, más pura que la nieve,
la simetría perfecta de su suave contorno,
en mágico contraste con tu cintura leve,
me arroban y embelesan en un dulce trastorno.

¡Cuanto tiempo ha pasado desde la vez primera
en que tú me ofreciste las dos blancas palomas!
¡Aún guardo en mi memoria el día de primavera,
en que me concediste gozar su dulce aroma!

Y al recordar los días que fueron manantiales,
de la incipiente vida que estábamos forjando,
siento un impulso tierno que me empuja a besarlos,
y después, lentamente, seguirte acariciando…

¡Nunca llega a su fin el ansia que me envuelve
de sentir en mi boca las fresas de sus cimas…!
¡Jamás llega el momento de dejar de besarlas,
cuando me las ofreces, cual dádiva divina…!

Esta pasión oculta que vengo padeciendo,
levantando borrascas en mi otoño sereno,
que da luz a mi vida, pero ni yo comprendo,
la origina, mi amor, el fulgor de tus senos…

¡Talismán hechicero que Dios te concedió,
que hace que cuando suaves, lo acarician mis manos,
de forma ineluctable, con ternura infinita…
irremediablemente, nuestros cuerpos fundamos…!

© Antonio Pardal Rivas

Octubre de 2005.

Violencia de género.


¡No pienses más en él, es un inutil
que no puede apreciar lo que lo amas!
¡Entiérralo en la tumba denegrida
de aquellos que no saben dar su alma!

¡Venera los recuerdos de aquel tiempo
en que feliz viviste equivocada,
bebiendo de los besos traicioneros
que dulces se posaban en tu cara!

¡Mas huye de sus pasos, amor mío,
que solo sufrimientos te deparan
palabras embusteras que te dice
en un triste y siniestro abracadabra!

¡Rechaza sus promesas engañosas
que ocultan las maldades de un canalla,
mezcladas con el rojo de una sangre
que a veces, en su furia, te derrama!

¡Aparta de la fiera y sus colmillos
el alma que te tiene secuestrada
y piensa que si sigues a su lado,
seguro llega el día en que te mata!

Así yo le clamaba a la mujer
que oculto y silencioso veneraba,
transido de dolor al ver sus ojos
mirando con temor al que ella amaba.

¡No le hizo caso nunca a mis consejos!
¡Jamás prestole oído a mi llamada!
¡Tan grande era el amor que le tenía
que todos sus maltratos soportaba!

Hoy triste me prosterno ante la tumba
do yace ya mi rosa deshojada.
Aquella que fue fiel a su destino
sin ver el gran amor que yo le daba…

© Antonio Pardal Rivas

17-10-07

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