Pequeña antología poética de Antonio Pardal Rivas.

Archivo para 23 marzo, 2011

Verano


Me gusta el verano.
Me encanta bañarme en las aguas templadas
que besan las playas de mi Andalucía.

Disfruto gozando del sol en la arena
dorada y suave de la patria mía,
mientras diviso, mirando a lo lejos,
flamear los veleros que surcan airosos,
la hermosa bahía.

Me gusta sentarme en oculto roquero,
cuando el sol abrasa de forma bravía,
echado a la sombra de un gran piñonero,
gozando el resguardo de su fresca umbría.

Pero, sin dudarlo, lo que más me agrada
y me vuelve loco de felicidad,
es verla bañarse cual bella sirena,
mecida, suave, por las mansas olas,

mostrando su cuerpo de diosa pagana,
cual bello reflejo de hermosa deidad…
Juncal, cimbreante, con su piel morena,
como un dulce atisbo de la eternidad…

© Antonio Pardal Rivas

Julio, 2006

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Mi cálida rosa


Cuando miro hacia atrás
y siento mi alma tan triste y herida,
me pregunto a veces:
¿Habrá disfrutado mi ser dos veces la vida?

Dulces años, aquellos, pasados con ella.
¡Cuanta paz y que dicha a su lado sentí!
¡Cuantos hijos hermosos llenaron mi vida,
Hasta aquel hecho aciago que me hundió en el llanto!.

¡Cuanta pena mi pecho sintió,
al saber, impotente ,que perdí su encanto!

Y esos hijos benditos que su amor me había dado,
rotas vieron su alma,
contemplando a sus padres queridos,
por exceso de amor, separados.

Juventud añorada que nunca olvidé,
pues rompió mi vivencia,
dejando una grave carencia
de amor, de ilusión y de fé.

Pero Dios se apiadó de mi pena
y me dió un dulce angel de inmensa bondad,
que, con halo glorioso de esposa muy buena,
la alegría de vivir me ayudó a recobrar.

Ese angel de dulce hermosura,
me cubrió de bondad, alivió mi sufrir
y curó tiernamente mi intensa amargura,
devolviendo a mi alma deseos de vivir.

Y volví a descubrir que existía la luna,
alumbrando la noche, bella cual ninguna.

Que el sol, cada día,
su luz y calor al mundo ofrecía.

Que el campo, las flores y el mar,
que yo ya olvidados, de pena, tenía,
estaban allí.

¡Que Dios me ofrecía, en su gran bondad,
la oportunidad
de volver otra vez a ser muy felíz!.

Y viví con mi angel otro trecho, dichoso.
He sentido la paz y al amor nuevamente.
Me ha ofrecido su vientre otro hijo precioso.
Ha curado mi mente.

Pero ahora que gozo de esta gran ventura,
vuelvo a padecer un triste dolor
que llena mi alma de gran amargura
y enturbia y corroe nuestro gran amor.

¿Por qué, inexorable, ya llega mi hora
cuando más la quiero… cuando más me adora…?

¿Por qué he de dejarla tan triste en la vida…?
¿Por qué he de marcharme, siendo tan hermosa?
¿Por qué, Dios del Cielo?
¿Por qué ha de quedar, solitaria, mi cálida rosa…?

© Antonio Pardal Rivas.

Octubre 2004.

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