Pequeña antología poética de Antonio Pardal Rivas.

Archivo para 20 marzo, 2011

Nubes negras


 

Nubes negras se aproximan,
llenas de sangre y dolor,
anunciando una hecatombe
de lucha y odio feroz.

Suenan tambores de muerte
en los confines lejanos.
Timbales con atabales
nos anuncian ya al tirano,

con un sonido estridente,
mitad de odio y de guerra,
que pregona más matanzas
en esta sufrida tierra.

¿Donde te escondes, Amor?
¿Por qué nos dejas inertes
perdidos en la tiniebla?
¿Por qué no podemos verte?

¿Quién oculta el horizonte
de tu proverbial belleza?
¿Por qué nos abandonaste,
abocados a otra guerra?

Nubes malignas se ciernen
sobre el lar que nos legaron
los que en un tiempo nefasto
mutuamente se mataron.

Ya no hay pastor que apaciente
los rebaños en los valles,
pues los lobos con colmillos
transformaronse en guardianes.

Nubes maléficas cruzan
los campos de nuestra España…
y vemos aproximarse
sobre sus prados floridos,
a la Parca y su guadaña…

¡Ay, hombre, lobo del hombre!
¡Que sesenta años de paz
son muchos años perdidos…
y hay que volver a matar…!

© Antonio Pardal Rivas

Mayo-2006

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Gorrión


 

Oh, gorrioncillo que, humilde, gorjeas
en la enramada del arbol más alto,
cuida tu vida del bravo milano
mientras cantando los campos alegras.

Es que quizás tu bondad no comprenda
que existen seres que escuchan tu canto
y que te acechan, lejanos y altos,
mientras celebras tu dicha con ella.

Guarda silencio si observas que miran
hacia el ramal donde te hallas a gusto
y vete pronto al zarzal más tupido.

Y desde él, si ya ves que te olvidan,
sigue entonando tus bellos arrullos
para la amada a quien lanzas tus trinos.

© Antonio Pardal Rivas

27-noviembre-2006

Nuevo día


 

El trino de la alondra se oye tras la ventana.
Un aroma a jazmín reina en la habitación.
A lo lejos murmulla el agua de una fuente,
y en la fronda tupida se escucha una canción.

Tus cabellos de oro se esparcen cual cascada
sobre el cálido tálamo que cobija a los dos,
y un suspiro muy suave de tu boca se escapa
mientras sueñas, tranquila, con palabras de amor.

¡Ay, embrujo hechicero de despertar contigo!
¡Que belleza sublime la que encierra el momento
en que entreabres tus ojos y los fijas en mí!
¡Que dulzura me embarga respirando tu aliento!

Perezoso y despacio tu cuerpo se acurruca
junto al mío que, ardiente, lo abraza con ternura,
y tu boca, golosa, se me ofrece entreabierta
mientras libo, extasiado, su melosa dulzura.

Y la alondra que observa desde la alta enramada
el amor que renace al marcharse Morfeo,
admirada de ver tu suprema hermosura
redobla con más brío su divino gorjeo.

Y el jazmín que se enreda junto a nuestra ventana,
también sufre en silencio una callada pena
comprobando, envidioso, cómo un suspiro tuyo
tiene aroma de rosas, de nardos y azucenas.

La fuente, muy curiosa, reduce su rumor,
para escuchar, atenta, el son de tu suspiro,
suplicando a la alondra que baje su clamor
cantando más pausada en su oculto retiro.

Ya la alborada entra por la florida reja.
Ya hasta el cielo reluce con su rojo fulgor.
Ya la vida resuena como una gran orquesta.
Comenzando otro día de nuestro gran amor…

© Antonio Pardal Rivas

Agosto de 2005.

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