Pequeña antología poética de Antonio Pardal Rivas.

Archivo para marzo, 2011

Susurros en la noche


 

Susurros que mi alma siente.
Susurros del triste llanto,
de un amor que ya murió
sin que muriera su encanto.

Susurros de un beso dulce
que me entregó tu candor,
dejándome una agridulce
nostalgia de nuestro amor.

Susurros de los suspiros
de tu boca enamorada,
que escucho cuando respiro
abrazado a la almohada.

Susurros de una caricia,
tierna como suave pluma,
que me recuerdan tu piel
bajo la luz de la luna.

Durante mis noches oigo
miles de susurros leves,
que suenan como tus pasos
andando sobre la nieve.

¿Por qué siempre me persiguen
los susurros de un pasado
que nunca más volverá?
¿Por qué los siento a mi lado…?

© Antonio Pardal Rivas

Septiembre 2004.

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Madrigal


 

Tu talle cimbreante de sirena
caireles y alamares embellecen
y finas pedrerías resplandecen
orlando tu atractiva piel morena.

Tus senos, con albura sarracena,
alcuzas son que al verlas estremecen,
mirando ese candor con que se mecen
velado en el tamiz de tu melena.

Tu cuerpo tiene aroma a tierna alheña
oculta entre los vastos robledales
que pueblan nuestra Al-Andalus sureña.

Tus ojos son luceros celestiales
que abrasan más que el fuego de la leña
e inspiran, cuando miran, madrigales.

© Antonio Pardal Rivas

09-02-07

Septiembre


 

En un septiembre de nostalgia pleno,
cuando un verano más se pierde ajado,
me invade la añoranza. Y ya cansado,
el pecho me rebosa, aunque sereno,

pensando en los amigos que mi seno
aún guarda con recuerdo abroquelado.
Son sombras relucientes de un pasado
que gira en mi redor con desenfreno.

¡Son tantas las personas que en mi vida
me dieron su amistad y sentimiento
dejándome su marcha el alma herida!

¡Tan cruel fue su callado alejamiento,
ignara la razón de la partida,
que llega a hacer llorar al firmamento!

Antonio Pardal

03-09-08

Reproches


 

Hay quien dice que estoy muerto.
Que ya nada me interesa.
Que no respondo sus versos
oculto tras de la puerta.

Que ya no me inquieta nada
en esta vida perversa
donde a la niña se viola
y al feto se le despieza.

Hay quien dice que estoy muerto
al no aparentar tristeza
cuando callo y no respondo
los versos de otros poetas.

¿Qué sabe de desazones?
¿Sabe lo que mi alma piensa?
¿Oye acaso mis lamentos?
¿Siente llorar mi tristeza?

¿Escucha acaso mi voz
cuando con horror se expresa
en el soneto “Turismo”
contra la maldad aviesa?

¿Se le encoge el alma acaso
leyendo las cuatro letras
que escribí sobre el aborto?
¿Se conmovió tan siquiera?

Bien sé que al lanzar al aire
mis sentimientos y penas
solo escribo necedades
que no van dejando huellas.

A mí pocos me responden,
aunque alguno bien me lea.
Tengo pocos horizontes…
Hay otros grandes poetas…

Antonio Pardal

07-07-08

Verano


Me gusta el verano.
Me encanta bañarme en las aguas templadas
que besan las playas de mi Andalucía.

Disfruto gozando del sol en la arena
dorada y suave de la patria mía,
mientras diviso, mirando a lo lejos,
flamear los veleros que surcan airosos,
la hermosa bahía.

Me gusta sentarme en oculto roquero,
cuando el sol abrasa de forma bravía,
echado a la sombra de un gran piñonero,
gozando el resguardo de su fresca umbría.

Pero, sin dudarlo, lo que más me agrada
y me vuelve loco de felicidad,
es verla bañarse cual bella sirena,
mecida, suave, por las mansas olas,

mostrando su cuerpo de diosa pagana,
cual bello reflejo de hermosa deidad…
Juncal, cimbreante, con su piel morena,
como un dulce atisbo de la eternidad…

© Antonio Pardal Rivas

Julio, 2006

Mi cálida rosa


Cuando miro hacia atrás
y siento mi alma tan triste y herida,
me pregunto a veces:
¿Habrá disfrutado mi ser dos veces la vida?

Dulces años, aquellos, pasados con ella.
¡Cuanta paz y que dicha a su lado sentí!
¡Cuantos hijos hermosos llenaron mi vida,
Hasta aquel hecho aciago que me hundió en el llanto!.

¡Cuanta pena mi pecho sintió,
al saber, impotente ,que perdí su encanto!

Y esos hijos benditos que su amor me había dado,
rotas vieron su alma,
contemplando a sus padres queridos,
por exceso de amor, separados.

Juventud añorada que nunca olvidé,
pues rompió mi vivencia,
dejando una grave carencia
de amor, de ilusión y de fé.

Pero Dios se apiadó de mi pena
y me dió un dulce angel de inmensa bondad,
que, con halo glorioso de esposa muy buena,
la alegría de vivir me ayudó a recobrar.

Ese angel de dulce hermosura,
me cubrió de bondad, alivió mi sufrir
y curó tiernamente mi intensa amargura,
devolviendo a mi alma deseos de vivir.

Y volví a descubrir que existía la luna,
alumbrando la noche, bella cual ninguna.

Que el sol, cada día,
su luz y calor al mundo ofrecía.

Que el campo, las flores y el mar,
que yo ya olvidados, de pena, tenía,
estaban allí.

¡Que Dios me ofrecía, en su gran bondad,
la oportunidad
de volver otra vez a ser muy felíz!.

Y viví con mi angel otro trecho, dichoso.
He sentido la paz y al amor nuevamente.
Me ha ofrecido su vientre otro hijo precioso.
Ha curado mi mente.

Pero ahora que gozo de esta gran ventura,
vuelvo a padecer un triste dolor
que llena mi alma de gran amargura
y enturbia y corroe nuestro gran amor.

¿Por qué, inexorable, ya llega mi hora
cuando más la quiero… cuando más me adora…?

¿Por qué he de dejarla tan triste en la vida…?
¿Por qué he de marcharme, siendo tan hermosa?
¿Por qué, Dios del Cielo?
¿Por qué ha de quedar, solitaria, mi cálida rosa…?

© Antonio Pardal Rivas.

Octubre 2004.

Nubes negras


 

Nubes negras se aproximan,
llenas de sangre y dolor,
anunciando una hecatombe
de lucha y odio feroz.

Suenan tambores de muerte
en los confines lejanos.
Timbales con atabales
nos anuncian ya al tirano,

con un sonido estridente,
mitad de odio y de guerra,
que pregona más matanzas
en esta sufrida tierra.

¿Donde te escondes, Amor?
¿Por qué nos dejas inertes
perdidos en la tiniebla?
¿Por qué no podemos verte?

¿Quién oculta el horizonte
de tu proverbial belleza?
¿Por qué nos abandonaste,
abocados a otra guerra?

Nubes malignas se ciernen
sobre el lar que nos legaron
los que en un tiempo nefasto
mutuamente se mataron.

Ya no hay pastor que apaciente
los rebaños en los valles,
pues los lobos con colmillos
transformaronse en guardianes.

Nubes maléficas cruzan
los campos de nuestra España…
y vemos aproximarse
sobre sus prados floridos,
a la Parca y su guadaña…

¡Ay, hombre, lobo del hombre!
¡Que sesenta años de paz
son muchos años perdidos…
y hay que volver a matar…!

© Antonio Pardal Rivas

Mayo-2006

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