Pequeña antología poética de Antonio Pardal Rivas.

Archivo para 28 diciembre, 2010

Soledad


Soledad.
Tristeza insoportable que embarga nuestra alma,
cual pájaro presente de otra vida añorada.
Recuerdos imborrables que nos roban la calma,
sin dejar que olvidemos la existencia pasada.

Soledad.
Angustia inmarcesible que avanza destruyendo
a un ayer que se ofrece difícil de olvidar,
abandonando inerte a un pobre ser pudendo
destrozado a jirones en su largo vagar.

Soledad.
Temores inauditos de este futuro incierto
que sólo ya desdichas nos puede deparar,
dejando muy maltrecho a un corazón abierto
que sangra a borbotones en su triste penar.

Soledad.
Desengaños, pasiones, recuerdos escondidos,
caricias no olvidadas, ternuras ya marchitas,
el hijo que se marcha, amores ya perdidos,
vivencias que perduran de una forma inaudita.

Soledad que rodea la vida eternamente,
esperanzas frustradas en el fluir diario,
caminos recorridos marcados en la mente,
abandono, penurias, subida de un calvario…

Dolor del alma, carencia de caricias,
sinvivir de unos pasos que acaban su andadura
hundidos muy profundos en eterna malicia,
olvidados de todos, cubiertos de amargura.

¡¡Vejez abandonada por los hijos ingratos
que olvidaron de siempre el amor que les diste,
pagándote tu entrega con viles malos tratos
que te hacen maldecir de aquellos que quisiste!!

¡¡Hay millones de seres en este triste mundo
tullidos de dolores por esta cruel conjura,
que llegan olvidados a su último segundo
carentes de ternura!!

¡¡Pero la vida sigue, impávida, fluyendo,
y todos desconocen que llegará el momento
en que en sus propias carnes irán reconociendo,
lo cruel de este tormento!!

© Antonio Pardal Rivas

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Mayo


 

Era un día de mayo. De un mayo florido,
en que de tomillos, juncales y sauces
se orillaba el río.

El sol calentaba potente y bravío
y la nieve blanca bajaba del monte
por escorrentíos.

Los verdes trigales, pasado ya el frío,
bailaban al ritmo de las amapolas
con dulces suspiros.

Era un día de mayo. De un mayo encendido
por el añilado de un hermoso cielo
de fondo infinito.

Cantaba el jilguero junto al estornino
en el más hermoso concierto escuchado
jamás por mi oído,

mientras el arroyo, entre los lentiscos,
bajaba del monte por suaves cañadas
y cauces umbríos.

Nunca olvidaré aquel día de mayo
en que, rodeado de tanta belleza,
lloré como un crío.

Nunca olvidaré aquel día maldito,
en que entre jazmines y aromas de rosas,
murió nuestro hijo.

© Antonio Pardal Rivas

11-05-08

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