Pequeña antología poética de Antonio Pardal Rivas.

Archivo para diciembre, 2010

Veinticinco años.


Ya llevamos juntos tantas Navidades
que son media vida de mi medio siglo.
Yo sí fuí tu ángel (eso me decías).
Y ahora sé que soy quien más te ha querido.

El tiempo que pasa, cambiándolo todo,
nos fue golpeando con penas y olvidos.
Tus hijos volaron, y también tus nietos,
y apenas quedaron pajas en el nido.

El hijo que tanto nos ilusionó
al fin se hizo un hombre y, sin darnos cuenta,
cambió los juguetes por un nuevo amor.

Y aunque no lo creas y dudes de todo,
y solo y enfermo te encuentres perdido,
te repito ahora lo que ya te dije
otras muchas veces que en estas me ví:

Que aquella chiquilla que tú encandilaste,
hoy señora gorda de mediana edad,
todavía tiene mucho amor que darte…
si es que la prefieres a la soledad.

Victoria Jimena Torres

9-12-2010

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Soledad


Soledad.
Tristeza insoportable que embarga nuestra alma,
cual pájaro presente de otra vida añorada.
Recuerdos imborrables que nos roban la calma,
sin dejar que olvidemos la existencia pasada.

Soledad.
Angustia inmarcesible que avanza destruyendo
a un ayer que se ofrece difícil de olvidar,
abandonando inerte a un pobre ser pudendo
destrozado a jirones en su largo vagar.

Soledad.
Temores inauditos de este futuro incierto
que sólo ya desdichas nos puede deparar,
dejando muy maltrecho a un corazón abierto
que sangra a borbotones en su triste penar.

Soledad.
Desengaños, pasiones, recuerdos escondidos,
caricias no olvidadas, ternuras ya marchitas,
el hijo que se marcha, amores ya perdidos,
vivencias que perduran de una forma inaudita.

Soledad que rodea la vida eternamente,
esperanzas frustradas en el fluir diario,
caminos recorridos marcados en la mente,
abandono, penurias, subida de un calvario…

Dolor del alma, carencia de caricias,
sinvivir de unos pasos que acaban su andadura
hundidos muy profundos en eterna malicia,
olvidados de todos, cubiertos de amargura.

¡¡Vejez abandonada por los hijos ingratos
que olvidaron de siempre el amor que les diste,
pagándote tu entrega con viles malos tratos
que te hacen maldecir de aquellos que quisiste!!

¡¡Hay millones de seres en este triste mundo
tullidos de dolores por esta cruel conjura,
que llegan olvidados a su último segundo
carentes de ternura!!

¡¡Pero la vida sigue, impávida, fluyendo,
y todos desconocen que llegará el momento
en que en sus propias carnes irán reconociendo,
lo cruel de este tormento!!

© Antonio Pardal Rivas

Mayo


 

Era un día de mayo. De un mayo florido,
en que de tomillos, juncales y sauces
se orillaba el río.

El sol calentaba potente y bravío
y la nieve blanca bajaba del monte
por escorrentíos.

Los verdes trigales, pasado ya el frío,
bailaban al ritmo de las amapolas
con dulces suspiros.

Era un día de mayo. De un mayo encendido
por el añilado de un hermoso cielo
de fondo infinito.

Cantaba el jilguero junto al estornino
en el más hermoso concierto escuchado
jamás por mi oído,

mientras el arroyo, entre los lentiscos,
bajaba del monte por suaves cañadas
y cauces umbríos.

Nunca olvidaré aquel día de mayo
en que, rodeado de tanta belleza,
lloré como un crío.

Nunca olvidaré aquel día maldito,
en que entre jazmines y aromas de rosas,
murió nuestro hijo.

© Antonio Pardal Rivas

11-05-08

Cantares


En la verde planicie de nuestra Andalucía
desde lejos se escucha la voz de un bello cante
que duele en las entrañas con su gemir distante.
Me embrujan sus lamentos… Respiro poesía…

Y siento a borbotones con esa melodía,
suspiros en el alma, quejidos de un errante
hechizo que la envuelve bajo la luz radiante
que enciende los sentidos en esta tierra mía.

¡Cantares de quereres! ¡Y también de tristeza!
¡Cantares que te alegran o te matan de pena!
¡Que vuelan por sus llanos! ¡Que surcan por sus mares!

¡Cantares que te muestran el temple y la nobleza
de aquellos rudos hombres que, con su piel morena,
al viento van lanzando venturas y pesares!

© Antonio Pardal Rivas

Octubre-2006

Dime, Dios


Dime, Dios, te pregunto con tristeza:
¿Por qué inerme dejaste al ser humano?
¿Por qué causa no cubres con tu mano
al que sufre en el mundo la pobreza?

¿De que modo nos muestras tu grandeza
pues tampoco proteges al anciano
que en tí busca la ayuda que su hermano
le niega con insania y aspereza?

Dime, Dios, ¿por qué dejas que la infancia
sufra tanto, por falta de cariño,
en un mundo en que impera la maldad?

¡No nos niegues tu Amor y la fragancia
que despide la risa de ese niño
que confía en tu gran benignidad!

© Antonio Pardal Rivas

7-noviembre-2006

A mi madre


En un rincón sombrío de la cerrada estancia,
ensimismado me hallo, rememorando el día
en que sus blancas manos llenaban de armonía
la placidez remota de mi lejana infancia.

Aún llevo muy grabada la sublime prestancia
con que su dulce magia, al piano mecía
y yo, junto a su cara, embelesado oía
aquel nocturno alado cargado de fragancia.

Desde que se marchó, rodeada de jazmines,
la voz de su piano nunca volvió a cantar,
y en un rincón sombrío de este salón helado

siento una gran envidia por esos querubines
que en el cielo disfrutan oyéndola tocar,
mientras lloro y ansío volver pronto a su lado.

© Antonio Pardal Rivas

3-octubre-2006

El Pañuelo


No lo laves.

No laves ese pañuelo.
Él guarda lágrimas tuyas
del triste día de enero
en que perdimos al niño
que se nos fue a los luceros.

No lo tires.
Que este pañuelo de encajes
guarda en su trama el aroma
de ese sudor triste y frío
que afligida te secaste
mientras cuidabas al crío.

No lo rompas.
¿No ves que tiene marcada
en el borde del encaje
una pequeña gotita
que allí se quedó olvidada
de su sangre?.

No lo rompas, ni lo tires, ni lo laves.
Guardalo en un relicario.
Guarda el pañuelo, amor mío.
Para acercarlo a mi cara
en los momentos que sienta
este loco desvarío.

© Antonio Pardal Rivas

septiembre de 2005

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