Pequeña antología poética de Antonio Pardal Rivas.

Archivo para noviembre, 2010

Bogando.


 

Lejos, muy lejos diviso la costa
desde la cofa del bello velero
que rodeado de hermosos delfines
vuela bogando a su son marinero.

Sopla la brisa forzando el viraje
con el crujir de los largos maderos
mientras las velas flamean rampantes
entre el azul añilado del cielo.

Mi compañera me ayuda en las jarcias
mientras que subo hasta el mastil cimero,
y allá en cubierta, en la amura de proa,
miro su cuerpo delgado y enhiesto.

Y así prosigo entre olas rompientes
mi singladura cruzando lo inmenso,
acompañado de hermosos delfines
y de la dulce mujer que yo quiero.

© Antonio Pardal Rivas

21-01-10

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La música del cielo.


Yo tengo el privilegio de escuchar en mi mente
la inmensa sinfonía que toca el universo.
Cargada de armonía nacida en lo diverso,
en este sortilegio descanso dulcemente.

Envuelto en el arpegio de tal belleza ingente,
grandiosa alegoría en que me encuentro inmerso,
gozo de la alegría del más sublime verso
que ensalza el florilegio de un Dios Omnipotente.

Humilde le agradezco ese don tan inmenso
que me entregó cual palma de amor y de consuelo,
pues sé que no merezco tan perfumado incienso.

Don que transmite calma y me eleva en un vuelo,
sintiendo que perezco, minúsculo e indefenso,
mientras oigo en el alma la música del cielo.

© Antonio Pardal Rivas

19-11-07
ALEJANDRINO, con rima en los 28 hemistiquios

Caricias


Quemaban los inmensos secarrales
cruzados por caminos que los años
dejaron en los riscos más extraños
de férvidos y ocultos arrabales.

Quemábanme cual soles estivales.
Con saña. Con pasión. Causando daños
mezclados con placeres aledaños
arúspices de extrañas bacanales.

El sádico, salaz y extraño fuego
que lengua tan voraz me producía
mataba lentamente mi sosiego.

Y envuelto por tan dulce brujería,
gozaba del ardiente y dulce espliego
sabiendo que en sus llamas moriría.

© Antonio Pardal Rivas

29-07-07

Otoños andaluces.


Mañanas andaluzas, con luz resplandeciente,
donde el cambiante otoño parece primavera.
Mañanas que te invitan a tumbarte en la era
gozando de la paz y el amor de su gente.

Mañanas de mi tierra, de un sol incandescente,
donde los hombres cantan, con mirada altanera,
la triste melodía de alguna petenera,
para expulsar del alma su tristeza latente.

¡Ay, playas del otoño, donde la gaviota
queda de única dueña de las blancas arenas!
¡Quien pudiese gozar de tus tranquilas olas!

Mañanas andaluzas, hechas de terracota,
en este otoño tuyo, de lunas muy morenas,
plagadas de olivares, viñedos y gayolas…

Antonio Pardal Rivas
30-noviembre-2006

Mi sultana.


Debajo de mi ventana
hay mil rosas encendidas
y a su verita un jazmín
cuyo aroma me obnubila.

En las noches que mis sueños
las estrellas iluminan,
aunque tocarlas no puedo,
desde muy lejos me miran

con brillos de candilejas
titilando diamantinas.
Y al mirarlas me recuerdan
cuando su boca era mía.

Debajo de mi ventana
también lucen y se agitan
junto a las frescas acequias
de alfaguaras escondidas,

luciérnagas ataviadas
de oropel y pedrerías,
ocultas entre aliagas,
zarzales y margaritas,

como trocitos de cielo
que refulgiendo me animan
a recordar mis anhelos
bajo su luz ambarina.

Debajo de mi ventana
me arrulla la melodía
de las rumorosas aguas
que atraviesan la campiña

regando las bellas flores
que me alivian las heridas
que destrozaron mi alma
aquel día de su huída.

¡Ay, ventana, mi ventana,
que guarda mi amanecida
esperando a la cristiana
que me robó la sonrisa!

¡Águilas de mis montañas!
¡Vientos que vais a Castilla
y que todas las mañanas
cruzais la tierra enemiga!

¡Buscadla, por Dios, buscadla!
¡Decidle a mi princesita
que vuelva a mi lado rauda!
¡A su Alhambra granadina!

¡Que no hay lugar en la tierra
en que fuere más querida
que donde llegó a ser reina
cuando arribó de cautiva!

© Antonio Pardal Rivas

23-07-07

Veinte años



 

Ya llevamos juntos veinte Navidades,
y han ido pasando como en un suspiro.
Yo no soy un ángel, eso tú lo sabes.
Pero tal vez sea quien más te ha querido.

El tiempo que pasa, cambiándolo todo,
es inexorable y va dejando huella.
Tus hijos volaron y ya tienes nietos.
Mis padres, ya ancianos, agotan la cuenta.

Y el hijo que tanto nos ilusionó,
ya casi es un hombre que, en otro suspiro,
cambiará los juegos por un nuevo amor.

Pero ten seguro, mi querido esposo,
que aquella chiquilla que te quiso un día,
que te dió su alma y su juventud,

la tendrás por siempre a la vera tuya.
Porque sabes bien que soy tu otro yo.
Y el amor que siento tiene tanta fuerza
que sólo se irá con mi último adiós.

Victoria.

Dedicada a Antonio, mi amado esposo, en la Navidad de 2005.

 

Alerta


ALERTA

Alerta estate, madre, estate alerta,
que aquesta placidez es engañosa.
Alerta y vigilando la negrura
que oculta sibilina la honda fosa.

Vigila y vela, madre, no confíes
del alba, del amor y de las rosas.
Aparta de tu lado la belleza
que oculta la maldad de ciertas cosas.

Recuerda, madre, acuérdate del padre
que libre peroraba en voz gritona
de España, de su tierra, de su gente,
y cómo lo acallaron con pistolas.

La historia es carrusel que se repite
y viene a recordar en mala hora
los hechos de un pasado que ya vuelve
oculto en el olor de la carroña.

Alerta estate, madre, estate alerta,
que ha vuelto la locura aterradora
y pronto volveremos a matarnos
en esta hermosa tierra, triste y rota.

Antonio Pardal Rivas
11-11-2010

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