Pequeña antología poética de Antonio Pardal Rivas.

Archivo para 13 octubre, 2010

Escucha.


Escucha la tristeza de mis sueños.
Escucha el palpitar de cabalgadas
enhiestas en la fe de lo imposible.
Escucha mis palabras, que es momento
de oir lo que jamás pude decirte.

Jamás hubo varón en este mundo
que fuese más querido sin motivos
en esta trabazón de lo apacible
hoy rota por un trágico lamento
que mana de lo gélido y oscuro.

Te dí mi corazón con la alegría
de aquello que se siente irremediable
en plétora de amor incombustible,
oculto en lo profundo de mi seno
de modo colosal e inagotable.

Ansioso yo esperaba la respuesta
a tanta infinitud como entregaba
en una sinfonía sin orquesta
por un amor parejo al que te dí
sin recibir a cambio nunca nada.

Mas tanta fue la espera, tanta el ansia
de ser correspondido en mi ternura.
Tan grande fue la excelsa melodía
que oculta allá en mi pecho se albergaba.
¡Tan falta de cariño se sentía…!

Que el pecho que con fe la atesoraba
de pena y de dolor se me rompió.
Y roto en mil pedazos
sus lágrimas de sangre te ofrendé.
Hasta el último instante de mi vida…
Hasta el postrer desprecio de la tuya…

Antonio Pardal
10-10-08

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Luz blanca.


 

LUZ BLANCA

Lentamente. Muy despacio
recorrieron sus ojos la gran sala,
y observó en la penumbra de la noche
su cuerpo en la camilla hospitalaria.

Y quería gritar al contemplarlo
con la Parca velándole la cama,
mas las sombras, ponzoñas y dolores
frenaban en su boca las palabras.

Mientras lejos, arriba, en la negrura
el alma, sin gritar, de horror lloraba,
veía como abajo, entre probetas,
su viejo corazón triste sangraba.

sangraba por los hijos, ya que todos,
sin causa ni razón abandonaban
al padre que a lo largo de una vida
amor y protección les entregara.

Sangraba por la triste humanidad
que en aras a la fe que abandonara
vivía el hedonismo más abyecto
hundida en la inmundicia como ratas.

Sangraba de abandono y soledad
perdido todo atisbo de esperanza
consciente del fracaso de su vida
sabiendo que al final nadie le amaba.

Clavándole su garra carnicera
sufría los envites de la Parca
sintiendola matarlo poco a poco
allá en lo más profundo de su alma.

Mas hubo en un momento de esta lucha
un rayo, en la negrura, de luz blanca;
un suave resplandor que con dulzura
su cuerpo desgarrado acariciaba.

Y un leve susurrar tierno decía:
No temas, hijo mío soy la llama
de luz de aquella madre que te espera
para, plena de amor, llevarte a casa.

¡Y allá quedose sola la camilla!
¡Y sola la negrura de la Parca!
¡Dichoso entre los brazos de su madre
cruzaron los desiertos de la nada!

Sus ojos, a lo lejos, reluciente,
un brillo de luz blanca contemplaban.
Y oía las palabras de su madre
diciéndole que ella sí lo amaba.

Curado el corazón de tantas penas
escuchando tan plácidas palabras
alabó en su agonía al Hacedor,
y fue a morir allí, donde lo amaban…

ANTONIO PARDAL

11-10-2010

¡Hola, mundo!


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