Pequeña antología poética de Antonio Pardal Rivas.

Archivo para febrero, 2006

DESVARÍO


 

Te busqué en la profundidad de los abismos,
y no estabas.
Te busqué en la espesura de los bosques,
y no estabas.
Te busqué entre las olas de los mares,
y no estabas.

Esta triste soledad que me embargaba,
me empujaba a buscarte en todo sitio.
En el suave murmullo del riachuelo.
En el hálito del aire en la alborada.
En el trino melodioso del jilguero.
Pero nunca te encontraba.

Cada instante de mi vida lo pasaba,
intentando reencontrar mi bien perdido,
aguardando que el acaso me tornase
el aliento de tu alma y sus suspiros.

Mas por mucho que lloraba por tu ausencia
y por más que recordase tu cariño,
me faltaba tu presencia.

Te habías ido para siempre de mi vida.
Era un hecho ineluctable, sin remedio.
Ya eras pura inanidad, simple recuerdo.
Sensaciones que tan sólo en mí existían…

Mas un día descubrí lleno de euforia,
el lugar donde, viva, te encontrabas.
Y grité, rebosante de alegría…
¡Ya sabía donde tú te refugiabas!.
¡No me habías abandonado!
Te albergaba, esplendorosa en tu hermosura,
¡Mi memoria…!

Desde entonces me acompañas sin cesar.

Cuando pálida, la luna me ilumina…
con tus ojos, tú me miras.

Cuando veo los trigales germinar…
a mi lado siempre estás.

Cuando siento la belleza de la vida…
dulcemente me acaricias.

Eres tú, como antes, como luego, como siempre.

Eres tú, tierno amor mío.

Eres tú, habitando en mi memoria…

Y aliviándome este loco desvarío…

© Antonio Pardal Rivas

Febrero, 2006

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OLVIDO


El poeta también siente pena,
siente pena de su soledad.
Que a los hijos que un día lo olvidaron,
no puede olvidar.

Que poco cariño mostramos al padre
cuando aún está vivo.
Y como añoramos después, con los años,
al que ya se ha ido.

Como gime el humilde viejito
que en la vida todo lo entregó,
recordando a su prole querida
que ahora lo olvidó.

Esa oculta y callada tristeza
que sufren los viejos,
al ver que sus hijos queridos
se olvidan de ellos,

es quizás el dolor más profundo
que puede sentirse en la vida.
Es desgarro que al alma lacera,
con punzante herida.

¡Cuantas penas esconden las tumbas!
¡Qué amarguras por falta de amor!
¡Como ocultan a aquellos que quedan,
su extinto dolor!.

El poeta también siente pena,
siente pena de su soledad.
Que a los hijos que un día se marcharon,
no puede olvidar…

© Antonio Pardal Rivas

Diciembre, 2005

¡Quién pudiera…!


 

¡Quién pudiera…!

¡Quién pudiera humedecer con lágrimas la cara…!
¡Cómo envidio al que lava sus ojos con el llanto!
Yo no puedo…
Mi llanto es interior, seco, rastrero, criminal.

Mi llanto es especial.

Me destroza el corazón cuando me embarga.
Me hunde en recovecos abisales.
Me macera el alma con su fuerza,
produciendome dolores infernales.

Mas los ojos permanecen inmutables,
y ni un rictus de dolor cambia mi cara.
¡Ojos secos, cual desiertos de arenales!
¡Mostrando impavidez falsa, engañosa!
¡Impasibles, cuando el daño me destroza!

¡Quién pudiera…!

Cuando aquellos que más quiero,
me laceran friamente
con acciones repugnates y malvadas…

¡Quién pudiera…!

¡Quién pudiera humedecer con lágrimas la cara…!

© Antonio Pardal Rivas

Febrero, 2006

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Antes de conocerte no había nada.
Era el caos.
Antes de tropezar con tu mirada
discurría errante por la vida,
sin vivir, sin respirar. No siendo nada.
Era sólo la hoja de un arbol desprendida.
Era la noche oscura de un alma no nacida.

Y cuando de la nada apareciste,
el caos transformose en bella singladura
de un bajel que raudo recorría
la derrota que nítida marcaba
la luz intensa del faro de tus ojos,
que transformó la oscuridad profunda,
en clara luz del día.

Antes de conocerte no había nada.
No existían la luna, ni el sol ni los luceros.
No había principio o fin, ni tiempo alguno.
Todo era muy perplejo,
confuso, irresoluto, sin esencia.
Faltaba tu presencia.

Y cuando de la nada apareciste,
la creación entera cobró razón de ser.
Surgió la luz para alumbrar tu cuerpo.
Nació súbitamente el tiempo, para amarte.
El aire se creó, para aspirar tu aliento.
Y apareció el amor.

Amor eterno, profundo, inmarcesible.
Amor que dió razón de ser a lo infinito.
Amor que hizo aflorar lo oculto, lo invisible.
El más preciado don que Dios me dió:
tu aparición, mujer. El día que te encontré,
la creación entera mi alma descubrió…

Y la nada fue el todo.
La inmensidad del caos se transformó en el orden.
La oscuridad, en luz.
Ya todo se explicaba…
Habías llegado tú….

© Antonio Pardal Rivas
Febrero, 2006

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