Pequeña antología poética de Antonio Pardal Rivas.

Alégrate.


Alégrate, mi vida, no estés triste.
No pienses en los años que has cumplido.
Es prueba de que alegre has recorrido
la senda que detrás siempre tuviste.

Delante mira solo, pues existe
un tramo que se encuentra aún escondido,
que puede ser radiante y florecido
premiándote el amor que repartiste.

La vida es ignorada singladura
por mares de ilusión y fantasía,
que debe ser surcada con cordura.

Olvida su falaz dicotomía.
Medita solamente en tu andadura,
y apura hasta el final la travesía.

© Antonio Pardal Rivas

14-02-07.

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Ella.


A veces me pregunto, envuelto en cruel tristeza:
Si vivo aún a su lado, ¿Por qué todo cambió?
¿Por qué, aunque trate de reir, mi corazón, petrificado, sangra?
¿Por qué, cuando miro sus ojos, se tornan los míos manantiales de llanto interminable?
¡Que horrible es la muerte!
¡Que aciaga la vida!

¡Oh, Ser misterioso que descifras los dilemas!
Tú, que sabes si aún vivo o he subido un escalón hacia lo arcano.

¿Podemos los mortales implorar tu caridad?
Si es posible, una cosa sólo ansío:

Seguir siendo eternamente una gota de agua fundido con mi amada.
O un grano de arena en el desierto.
O un ángel.
O un alma castigada en el averno.
Pero con ella fusionado hasta el final de los tiempos.

¿Es tan dificil conceder lo que te pido, estrella de los nacidos…?

© Antonio Pardal Rivas.

14-9-09.

Vejez.


Cuando veo esos ojos tan tristes.
Cuando observo esos pelos canosos y ralos.

Me pregunto,
¿Tú eres quien fuiste?
¿Que queda de ti?

Pero el alma, maldita, me engaña,
y dice, ladina, no creas al espejo, que miente,
pues tú sigues siendo el mismo de siempre,

aquel joven con ojos brillantes,
aquel hombre con pelo tupido y moreno,
con cuerpo muy erguido y mirar sereno.

Y vuelvo a mirarme al espejo,
y solo contemplo en el mismo
las ruinas de un pobre ser viejo.

¡Oh Dios de la vida y la muerte!
¿Quien es el que miente…?

¡Oh Ser infinito que el alma me diste!
¿Por qué la mantienes tan bella y hermosa,
y yo estoy tan triste?

¿Por qué no se aja mi alma igual que mi cuerpo?
¿Por qué soy tan viejo por fuera y tan joven por dentro…?

© Antonio Pardal Rivas.
Septiembre 2005.


La boira grita muda del espanto
oyendo los rugidos de lo oculto
inane ante la muerte y lo insepulto
del alma que se ahoga en fiero llanto.

Y mientras allá lejos se oye el canto
de seres sin gargantas. Y el insulto
surgido del fragor y del tumulto
de huesos que no tienen camposanto.

La llaga va invadiendo la quebrada
y todo lo existente se estremece
al ver la sinrazón de su llegada.

El sol se va poniendo y anochece
con cruel oscuridad negra y cerrada
y mientras, el maligno, crece y crece…

© Antonio Pardal Rivas

17-06-07

La partida.


Llegada ya es la hora en que, pausada,
la rosa del jardín se va mustiando,
y falta de su savia, va dejando
sus pétalos caer en la enramada.

Entrado ya es el tiempo en que, cansada,
el alma, lentamente caminando
por trágico sendero, va evocando
jirones de una vida ya pasada.

Comprende que jamás verá otra aurora,
pues llega ya, fatal, la despedida,
marcada en el reloj que da la hora.

La surca alguna lágrima perdida,
pensando en aquel tiempo que aún añora,
en tanto se aproxima la partida.

© Antonio Pardal Rivas.

11-01-07


Y gritarás con miedo
al ver a los humanos
luchando con fiereza
hermano contra hermano.

Tus ojos llorarán
con lágrimas de sangre,
sintiendo los zarpazos
que va impartiendo el hambre.

Y cuando, humilde, pidas
algo de amor y paz
recibirás el eco
del odio y la maldad.

¡Humanidad perdida
en sueños de avaricia,
donde tan solo impera
el odio y la codicia!

¡Habrá llegado el día
que cerca se vislumbra
donde no luzca el sol
y solo haya penumbra!

¡Habrá llegado la hora
en que la madre tierra
extirpe de un plumazo
el horror de la guerra!

Y alguien recordará,
con triste desespero
el tiempo ya pasado…
y el canto del jilguero…

Y añorará la luz
de nuestra hermosa Luna.
Cuando ya sea muy tarde…
Cuando solo haya bruma…

Y añorará el calor
de nuestro bello sol
cuando la bruma espesa
oculte su arrebol…

Recordará aquel tiempo
en que existía el amor,
cuando aún no habían muerto
el cielo, el mar, la flor…

Y llegará algún día
que ya no puedas más,
cayendo destrozado
como inmenso fanal.

Y llegará el momento
en que estalle tu pecho,
y tu alma será solo
otro vulgar desecho.

Y llegará la hora
que explotes de dolor,
gritando, desgarrado,
que te falta el amor.

Y llegará el segundo,
fugaz, como la luz,
en que, triste, desistas
de soportar tu cruz.

Y cuando tu alma se halle
bordeando la locura
y hayan borrado de ella
su proverbial ternura…

entonces, solo entonces
descubrirás el mal,
con tu ser hecho añicos
como un roto cristal…

© Antonio Pardal Rivas.

Octubre 2005.

Gacela.


Gacela de mis montes malagueños,
tus ojos son más dulces que la miel;
me embruja la blancura de tu piel,
candil albo que alumbra mis ensueños.

Me embriagan tus aromas almizcleños
unidos a tu boca de hidromiel
y a un cuerpo modelado en el troquel
de gráciles y espléndidos sureños.

Quisiera descansar en el recodo
que guardas en tu otero florecido
y oculto en él hallar dulce acomodo,

quedando para siempre allí escondido
fundido en tu belleza, como un todo,
de dicha y de placer estremecido.

© Antonio Pardal Rivas

19-01-07

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